
Una pequeña pregunta para protestantes
Mt 28, 20 “Enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado”, nos dice el Maestro y esto es lo que hace la Iglesia, “guardar, enseñar y defender lo que el Maestro enseñó.
El sacramento del perdón de los pecados es una actividad litúrgica que la Iglesia realiza desde hace XXI siglos. Totalmente documentada en la Biblia, instituida por nuestro Señor Jesucristo, quien dejó este sacramento para la salvación de las almas.
“Es llamado sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo este sacramento es también una «confesión», reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.
Se le llama sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente «el perdón y la paz» Catecismo de la Iglesia Católica, CIC[1] # 1424
Los cristianos pedimos a diario que Dios perdone nuestras faltas, cuando decimos en el padre nuestro “Y perdona nuestras ofensas” puesto que esto fue lo que el Señor mismo nos enseñó al orar: «Perdona nuestras ofensas» (Lc 11,4)
Pedir perdón es propio del que se siente una nada ante el Dios todopoderoso que nos ama.
El perdón de los pecados en el antiguo testamento
Ya desde el antiguo testamento, se prefiguraba el sacramento de la penitencia. Reconocemos que todos los humanos estamos manchados por nuestras iniquidades, este es una realidad innegable
Rom 3, 23 “Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”
Solo el que se sienta limpio, puede decidir no acceder a que sus pecados le sean perdonados, pero “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” 1 Jn 1, 8
El apóstol Juan dice claramente que el que lo niega, no posee la verdad. Somos pecadores desde el vientre de nuestra madre. Esto es por el pecado original de nuestros padres Adán y Eva.
Sal 51, 7 “Yo soy culpable desde que nací” El Señor sabe de nuestra condición humana, frágil y pecadora, es por eso, que nos dejará una forma de limpiar nuestras faltas. Desde antiguo se tenía esta costumbre, de expiar los pecados, era una especie de “confesión” pero a la forma del antiguo testamento.
Lv 5, 5 – 8 “Si alguien se hace culpable por alguno de estos motivos, deberá confesar aquello en que ha pecado. Además presentará al Señor, en reparación por el pecado que cometió, una hembra del ganado menor –cordera o cabra– como sacrificio por el pecado; y el sacerdote practicará en favor de esa persona el rito de expiación por su pecado…. Los llevará al sacerdote, que ofrecerá en primer lugar la víctima destinada al sacrificio por el pecado”

El libro del Levítico deja claro que cuando una persona cometía un pecado, debía realizar una acción en compensación, para que el pecado le fuera borrado. En este caso, “confesaba” el pecado, debemos entender entonces, que expresaba con palabras sonoras su pecado, no de manera secreta, en voz baja, ni a solas en su cuarto o tienda de campaña, puesto que llevaba una “ofrenda” al sacerdote, que era un animal para ser sacrificado, pero el penitente no realizaba la acción, sino solo la confesaba y llevaba la ofrenda, había un grupo de hombres encargados de realizar, de hacer efectivo el sacrificio, de presentar la ofrenda a Dios y este grupo era el de los sacerdotes de Levi, había muchos hombres pero solo este grupo, era el encargado de hacer estos ritos. Vemos de cómo en la expiación de pecados en el antiguo testamento participan tres personas, el penitente que pide el perdón, Dios que da el perdón, y el sacerdote que actúa en favor del penitente y luego, en nombre de Dios.
Lv 16, 21 “Aarón impondrá sus dos manos sobre la cabeza del animal y confesará sobre él todas las iniquidades y transgresiones de los israelitas, cualesquiera sean los pecados que hayan cometido, cargándolas sobre la cabeza del chivo”
Aquí podemos ver otro elemento importante, “la imposición de manos”, pero esto se perfeccionaría cuando Cristo viene al mundo.
Num 5, 7 “Ellos confesarán el pecado que han cometido”
Prov 28, 16 “El que encubre sus delitos no prosperará, pero el que los confiesa y abandona, obtendrá misericordia”
La Escritura siempre nos insiste en “confesar”, o sea expresar, exclamar a viva voz, los pecados, no quedarse con ellos. Es claro entonces que desde antiguo, el ser humano que comete pecado, debe reconciliarse con Dios y también es claro que los sacerdotes del antiguo testamento, jugaban un papel importante en esta relación de “expresión / perdón” de los pecados.
El perdón de los pecados en el nuevo testamento
Al sacramento de la confesión, también le llamamos “sacramento de la reconciliación”, porque “reconcilia” a dos personas, al humano pecador con Dios, pues su amistad se había roto debido al pecado del primero.
2 Cor 5,18 “Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación”
2 Cor 5, 20 “«El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios»»”[2]
Esta práctica se mantuvo por siglos para el pueblo de Israel. Pero Cristo vendría a darle el nuevo sentido. En Mc 1, 5, vemos que se mantiene la costumbre de pedir perdón por los pecados, pero ahora lo hacía Juan bautista “Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.”
Podemos concluir entonces, que confesar los pecados no es algo “inventado” por la Iglesia, es algo ancestral que solo ha ido modificándose de acuerdo a los designios de Dios.
Por supuesto que hay personajes (los protestantes de la fe) que juzgan y critican esta forma de perdonar los pecados. Estos que critican y que niegan que esto sea palabra de Dios, son los mismos que cuestionaron a Cristo su proceder.
Lc 7, 48 – 49
“Después (Jesús) dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?»”
Lc 5, 21
“Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: «¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?»” Son “fariseos” los que no lo aceptan, son anticristos, disfrazados de cristianos, son lobos disfrazados de ovejas, son hipócritas disfrazados de ángeles de luz que tuercen las Escrituras para su propia condenación.
El apóstol San Juan nos dice que 1 Jn 1, 9 “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”, pero a este punto cualquiera podría decir que hay que confesar los pecados de manera general, en un cuarto, a solas con Dios, en la intimidad de la oración. Esto fuera cierto, si es que Cristo no hubiese dado un mandato a un cierto grupo de hombres en un momento y lugar específico.
Jn 20, 21 – 23 “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan»” Solo esta cita, debiera ser suficiente para que los que protestan aceptaran la palabra del Señor. Antes, el grupo de hombres que realizaba la acción eran los sacerdotes de la tribu de Leví, pero hoy, Cristo da esa tarea a otro grupo de hombres, sus apóstoles.
¿Qué más claro que estas palabras del Maestro?
Yo los envío a ustedes (a los discípulos). Reciban (los discípulos) el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a quienes ustedes (los discípulos) se los perdonen y serán retenidos a quienes ustedes (los discípulos) se los retengan.
Lo cual concuerda exactamente con aquello que dijo a Pedro en Mt 16, 19 “Lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos”
Precisamente por esto, el apóstol Santiago dice en su carta Stgo 5, 16 “Confesaos vuestras ofensas, unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” y los cristianos de los primeros siglos obedecían a Santiago puesto que, dice San Pablo en Gal 2, 9 Santiago era “considerado como columna de la Iglesia”.
Los primeros cristianos obedecían el mandato, veamos Hch 19, 18 “Y muchos de los creyentes, o fieles, venían a confesar y a declarar todo lo malo que habían hecho.”
Los que se resisten a rechazar las enseñanzas de Cristo pueden argumentar que Santiago dice Confesaos unos a otros”, es decir, que el pecador es cualquiera y el confesor cualquiera, porque son incapaces de comprender que Cristo ya fue muy claro en Jn 20, 21 – 23 este mandato fue solo para los apóstoles, ellos son los encargados de perdonar los pecados.
Pero aún así, si fuera así como dicen los protestantes, entonces debieran ellos ir con sus pecados y confesarlos públicamente en sus templos.
“Confieso a la comunidad, para que todos lo sepan, que la semana pasada me acosté con la hermana Ercilia, que no es mi esposa”
“Confieso ante todos ustedes que el mes pasado tomé $ 100 del diezmo que ustedes dieron”
“Confieso que ayer, le dije una mentira al hermano Alberto y la mentira fue…”
Pero no hacen ni lo uno ni lo otro. Ellos se van a lo más fácil y conveniente, dicen “confesar” sus pecados a solas con Dios.
En definitiva, “El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el Padre misericordioso» (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”[3]

Los detractores, los que se niegan a creer dicen que “ningún hombre puede perdonar pecados”. Los católicos sabemos que solo Dios perdona los pecados, solo Dios y aquellos a quienes Dios dio ese poder.
“Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados» (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre”[4]
El sacramento, a lo largo de los siglos ha ido tomando formas más convenientes para los penitentes, formas que ha ido aprobando la institución que tiene autoridad para ello, la Iglesia.
“Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica «privada» de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote”[5]
Para finalizar, es importante señalar que la confesión de los pecados “no remedia” el pecado, sino que “lo perdona”. Hace algunos años un cantautor latinoamericano compuso una canción que en su texto dice “rezando dos padres nuestros el asesino no revive a su muerto”, siendo esto una verdadera ignorancia del sacramento. El pecado hecho está, el penitente se acerca para que Dios le perdone el hecho consumado, cometido por su terquedad y por su necedad de apartarse de Dios por eso nos dice el catecismo de la Iglesia: “La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (cf Cc. de Trento: DS 1712)” CIC # 1459
Y recuerda que para que la confesión cumpla su propósito de “perdón de los pecados”, debe poseer estas características.
- Examen de conciencia
- Arrepentimiento verdadero
- Propósito de enmienda
La Iglesia Católica, la única Iglesia de Cristo
[1] Catecismo de la Iglesia católica
[2] CIC # 1442
[3] CIC # 1439
[4] CIC # 1441
[5] CIC # 1447