P. Ignacio Ellacuría

16 de noviembre de 1989

El padre Ignacio Ellacuría era el más “peligroso” de los seis jesuitas, de hecho, él era el objetivo, él era el único objetivo, a él era a quien buscaban, era él a quien querían encontrar, era él a quien querían eliminar, era él a quien querían hacer asesinar. Los otros sacerdotes y la empleada doméstica y su hija, tuvieron la misma suerte porque estaban con él, ese fatídico día.

Ellacuría era “la piedra en el zapato” del Gobierno de turno. Ignacio Ellacuría era la voz que contrastaba las teorías del gobierno. Era Ignacio Ellacuría el centro que el Estado debía eliminar.

Ignacio nació en Vizcaya, España, el 09 de noviembre de 1930. Entró al seminario jesuita y, tempranamente, como era costumbre en la orden jesuita, a los 18 años, en 1948, fue enviado como misionero lejos de su hogar. El lugar elegido para Ellacuría y sus compañeros fue Santa Tecla, El Salvador. Los jesuitas llegaron al país centroamericano y se establecieron. Los años pasaron. En la década del 50, Ellacuría fue enviado a estudiar Humanidades clásicas y Filosofía a Quito, Ecuador, esto, debido a que en El Salvador no había una casa formadora para jesuitas. Fue aquí, en Quito donde sus cualidades como pensador crítico, comenzaron a emerger como un iceberg desde su profunda espiritualidad. Una vez de regreso en El Salvador, dio clases para los seminaristas en San José de la montaña, el seminario que aun funciona en la capital salvadoreña y que era administrado y dirigido por los jesuitas.

En 1958 viajó a Austria donde estudió Teología siendo uno de sus maestros Karl Rahner, un teólogo influyente en el Concilio Vaticano II, que revolucionó la Iglesia, y a la vez, fue aquí, en Austria, donde le notaron otras cualidades de Ignacio, como por ejemplo, su “amor por el fútbol”.

Los jesuitas de habla hispana, se unieron para integrar un equipo que resultó ser, para los sorprendidos profesores, un equipo excepcional. Ellacuría era el pivote, el referente y el equipo ganó con facilidad el campeonato de la Universidad de Innsbruck. También ganaron el campeonato nacional universitario en Viena. Años más tarde, Ellacuría mantendrá su pasión por el futbol, cuando en una hamaca en su residencia en el centro monseñor Romero, El Salvador, se va a acostar con su radio y escuchar, los resultados del futbol español y así saber cómo quedó el equipo de sus amores, el Athletic de Bilbao.

Fue aquí en Innsbruck, Austria, donde fue ordenado sacerdote, el 21 junio de 1961.

Su primer gran trabajo sobre la conciencia social salvadoreña fue titulado “Teología Política”, y fue publicado por el arzobispado de San Salvador en 1973.

Ellacuría, con los años, llegó a ser profesor de teología en la universidad y  en cursos nocturnos y en los fines de semana, cursos que se daban a seglares, que organizo cada año, desde 1970. Estos cursos, eran bien aceptados por todas las comunidades y asistían centenares de miembros de las comunidades de base, profesionales y estudiantes universitarios. Después fundó el Centro de Reflexión Teológica del cual fue su primer director. Organizó la maestría en teología en 1974, y en su organigrama siempre se reservó uno de los cursos más importantes. Dirigió la revista Estudios Centroamericanos (ECA) y desde 1979 fue Rector de la UCA y Vicerrector de Proyección Social. Viajó dando conferencias en América Latina, Europa y Estados Unidos. Su intelecto era fuera de lo normal.

Cuando asumió el cargo de Delegado de Formación, al concluir el noviciado, los estudiantes ya no iban a Quito, sino que habían comenzado a estudiar filosofía en la UCA. 

Su razonamiento era profundo, pero eso, muchas veces incomoda, y fue por esto que era visto no muy gratamente por muchos jesuitas, por algunos superiores, por la oligarquía, por ejército, por los políticos de la derecha, incluso por la embajada de Estados Unidos.

Teniendo a la base un pensamiento cristiano, supo desde el principio que la guerra y la violencia no eran salida alguna para los problemas sociales de El Salvador que se vivía en la época de los 70s y lo decía sin tapujos. Ellacuría se atrevió, con la claridad y la libertad que le caracterizaban, a proponer el diálogo entre las partes beligerantes y después propuso incluso, la negociación, al darse cuenta que era casi imposible que un bando venciera al otro. Por esto, fue tachado de “traidor”, “comunista”, “fachada” de las fuerzas guerrilleras. El gobierno y sus seguidores desconocían el diálogo, se empeñaban en mantener la guerra. Ellos pretendían a toda costa una salida estrictamente militar a la guerra.

Durante la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989, que demostraba que dicha guerrilla no estaba debilitada, mucho menos derrotada, como lo expresaba el gobierno, la radio de la fuerza armada, radio Cuscatlán, en cadena nacional, mantuvo un “micrófono abirto” para que todo aquel que quiera expresarse sobre lo que pasaba en ese momento (la ofensiva), pudiese decirlo al aire a todo El salvador. Algunas personas llamaron y señalaron a opositores al gobierno, entre ellos a Ignacio Ellacuría y pudieron decir, claramente, que los asesinaran, que los exterminaran, que los eliminaran. Fue una falta de profesionalismo, de ética, de sensibilidad la de la radio, dejar que cualquier persona, desde el anonimato, acusara públicamente a alguien que no pensaba como ellos.  

El santo y el sabio

Ellacuría vivió la misma época que aquel gran arzobispo salvadoreño bañado en sabiduría, santidad y testimonio de vida, monseñor Oscar Arnulfo Romero. Tuvieron una relación complicada en un principio, pero después, sus vidas evangélicas se complementaron. Ellacuría tuvo un encuentro personal con monseñor Romero a quien ayudaba en muchas ocasiones, desde su intelecto, su filosofía y su teología. Fue un gran apoyo para monseñor. Encontró en él, al “santo” que Cristo había enviado a esta patria y le admiró enormemente. Fue Ignacio Ellacuría quien pronunció esas profundas palabras sobre el profeta de América Latina Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador ese fue el concepto final del sabio sobre el santo. Ahí se resume la forma en que lo admiraba.

Así se juntaron sus vidas, la del “santo” y la del “sabio”. Se unieron en la fe, en el cristianismo a flor de piel, en la filosofía, en la Teología, en el amor a los desposeídos, en ese fragmento de tierra llamado El Salvador, en la angustia de la “última hora” y en definitiva, se unieron en “la sangre del martirio”.

En definitiva, unieron sus vidas por el amor a Cristo a quien la entregaron de manera violenta. Ellacuría sigue siendo referente jesuita de justicia social. Así son los sacerdotes comprometidos con el pueblo. Corren la misma suerte que este. Que el Señor le haya recibido en su reino a gozar la vida de los justos.

La Iglesia Católica, la única Iglesia de Cristo.

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