Cartas manchadas y cartas en blanco

Les propongo en esta ocasión, un texto impresionante de uno de los santos más extraordinarios de nuestra Iglesia, el Santo Padre Pío, de Pietrelcina. El Padre Pío es un fraile capuchino italiano, que se vio favorecido por la gracia de Dios al dotarlo de muchos dones espirituales, como la bilocación y el don de profecía, pero lo más impresionante es que le regaló son los estigmas. Pero no todo eran “dones”. El padre Pío, debió soportar una lucha encarnizada contra el maligno. Durante toda su vida luchó espiritual y físicamente con él, su caso es en verdad extraordinario, les invito a conocer este santo extraordinario. En esta ocasión les comparto una de esas luchas sobrenaturales.

A Satanás le molesta la santidad de este hijo de Dios. Le molesta tanto, que le ataca física y espiritualmente, en todo momento, a toda hora, en todo lugar. Encolerizado, el demonio trata de impedir toda ayuda que el Padre Pío pueda recibir y que vayan en torno a edificar su espiritualidad, que conforte su alma, palabras que le den luz para comprender sus pruebas. Es por eso, que el demonio, no satisfecho con el ataque directo al Padre Pió, se propuso interferir en la dirección espiritual que el Padre Pío sostenía con el Padre Agostino de San Marcos in Lamis, su director espiritual y confidente. Los consejos del Padre Agostino, ayudaban al Padre Pío a sobrellevar sus penas, esto irritaba al demonio.  

Roberto Campos

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El suceso que se va a relatar se remonta a los años de 1911 y 1912, período en el cual los asaltos del enemigo eran continuos e implacables. El episodio es un tanto extraño e insólito en la pedagogía de la dirección espiritual: «!Servirse de una determinada lengua, para disgustar y despechar a Satanás¡». El enemigo quiere impedir a toda costa que se siga la comunicación espiritual entre el Padre Pío y sus padres espirituales. El Padre Pío, comunica esta estrategia diabólica al Padre Agustín y a Don Salvador Pannullo, su confesor espiritual. El Arcipreste le aconseja que, cuando reciba cartas de sus directores, vaya a él, a fin de abrirlas en presencia de ambos, y evitar así ilusiones y vanas estratagemas del demonio.

El Padre Agustín contesta en Francés, lengua que dominaba bastante bien. El Padre Pío lleva la carta al señor Arcipreste, tal como lo habían acordado. La abren en presencia de ambos y la encuentran hecha un borrón de tinta, totalmente ilegible, se impresionan los dos sin saber qué pensar, no pueden comprender que el Padre Agustín les hubiera mandado una carta escrita en semejantes condiciones, sospechan pronto de donde puede venir el engaño, colocan sobre ella un crucifijo y «se hizo un poco de luz sobre ella, de manera que se pudo leer aunque con alguna dificultad» Epistolario I, carta 104. Al pie de esta carta manchada, que se conserva todavía  y está publicada en el Epistolario, se lee la siguiente certificación de Don Salvador Pannullo. «Testigo yo, el abajo firmante, Arcipreste de Pietrelcina, bajo la seguridad de juramento, que la presente, abierta en mi presencia, llegó así manchada, estaba totalmente ilegible. Habiendo puesto sobre ella el crucifijo, rociada con agua bendita y recitados los exorcismos, pudo ser leída como está al presente. Habiendo llamado a mi sobrina, Grazi Pannullo, la leyó esta en mi presencia y en la del Padre Pío, ignorando ella cuánto había ocurrido con la carta, antes de llamarla. En fe de lo cual… Pietrelcina, 25 de agosto 1919. El Arcipreste Salvador Pannullo». Epistolario I

El Padre Agustín, relata este mismo hecho de la siguiente manera: «Entre estas cartas recogidas en Pietrelcina con el fin de guardarlas, hay una totalmente manchada de tinta, otra con la hoja en blanco, una tercera escrita en griego, otras varias en francés. El ángel custodio se lo explicaba todo y el Padre Pío luego me respondía muy a tono con el diálogo epistolar establecido entre ambos. En cierta ocasión, el Padre Pío respondió a una carta mía, en francés, bien escrita al dictado de su ángel custodio. Esta tarjeta no existe ya en la teca o estuche en el que están las demás porque me la pidió el padre Benedetto siendo Provincial y quiso conservarla él. A la muerte del padre Benedetto, no la encontré entre las demás cartas suyas. Con motivo de esta tarjeta me advirtió el Padre Pío que le escribiera yo siempre en francés, porque ¡el enemigo Satanás, se enfurecía con ello mucho más! En 1920 conseguí fe jurada, escrita por el Arcipreste y sobrina, mediante la que acreditan estos hechos.» Diario del padre Agostino de San Marcos in Lamis

Se encuentran en el epistolario dos tarjetas escritas correctamente en francés por el Padre Pío, son las cartas 96 y 104, se encuentran también otras frases en francés escritas en diversas cartas. Es bien sabido que el Padre Pío no estudió nunca francés, el 03 de febrero de 1912 le preguntó el padre Agustín : «Pero, ¿Quién te ha enseñado francés?», «A vuestra pregunta referente al francés, contesta el Padre Pío en posdata, respondo con Jeremías : A, a, a, … Nescio loqui…» sin añadir más explicaciones. Tampoco había estudiado griego y sin embargo, leía el griego y respondía perfectamente a las cartas escritas a él, por el padre Agustín en esa lengua. Al pie de la carta, dirigida al Padre Pío, redactada en griego con fecha del 07 de septiembre de 1912, el párroco de Pietrelcina escribe lo siguiente: «Pietrelcina, 25 de agosto de 1912. El abajo firmante atestigua bajo juramento, que el Padre Pío después de haber recibido la presente, me explicó literalmente su contenido. Habiéndole preguntado yo cómo pudo leerla y explicarla, no conociendo ni siquiera el alfabeto griego, me respondió: “¡Pues ya lo sabe!, El Ángel custodio me lo ha explicado todo”. Firma el Arcipreste, Salvador Pannullo»

De esta misma manera, el 20 del mismo mes de septiembre, le explicaba así el Padre Pío al padre Agustín : «Los celestiales personajes no cesan de visitarme, y si la misión del Ángel custodio es grande, la del mío es ciertamente mayor, llega hasta hacerme de maestro en la lectura de otras lenguas» Epistolario I

Tomado del libro: Pio de Pietrelcina, místico y apóstol, Leandro Sáez de Ocáriz, Pág. 182 Æ 185

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