Martirio de los padres jesuitas

El Salvador, país centroamericano, estaba sufriendo por una guerra fratricida que enfrentaba a las fuerzas de izquierda agrupadas en la guerrilla denominada FMLN contra las fuerzas gubernamentales. El 11 de noviembre de 1989, la guerrilla inició la más grande operación militar que llevó la guerra a lugares insospechados, hasta las principales ciudades salvadoreñas. Aprovechando la confusión, 5 días después de iniciados estos combates, el alto mando militar salvadoreño, viéndose abrumado por tan gran despliegue militar de sus enemigos, no sabe qué hacer, están desorganizados y toman decisiones descabelladas en la dirección incorrecta, muestra de su incapacidad y su debacle, por eso, van a dar un golpe a los que ellos, los militares, consideraban, tal ves si no, responsables directos, si, aliados de los grupos guerrilleros. No van a ir a luchar contra sus enemigos en combates con iguales condiciones, sino a asesinar despiadadamente a civiles desarmados.

Se define y se ordena, un día antes, que a las dos de la mañana del 16 de noviembre de 1989, un grupo de militares actuando como escuadrones de la muerte, se introduzca al campus de la Universidad centroamericana José Simeón Cañas, con un objetivo claro: “Eliminar a un ideólogo de la izquierda salvadoreña”, el padre jesuita Ignacio Ellacuría, rector de la universidad. La orden tenía una cláusula que debía ser obedecida religiosamente entre los altos mandos que comandaban la operación. “Sin dejar testigos”. El Padre Ellacuría se había ganado ese apelativo de “aliado” o “ideólogo” de las fuerzas de izquierda, debido a que era un sacerdote sabio, que aplicaba la doctrina social de la Iglesia, que abogaba por la mejor distribución de la riqueza en un país con mucha riqueza, pero con distribuciones de la misma totalmente injustas. Abogaba también por un fin del conflicto armado que ya llevaba 9 años de manera oficial y pedía a las partes en conflicto, el diálogo. Sentarse en una mesa, discutir las diferencias como seres pensantes, dejar de lado las armas y ponerse todos juntos a levantar un país con oportunidades para todos.

El gobierno salvadoreño, veía en esta “ideología“, ideas descabelladas que eran al mismo tiempo, una afrenta a sus intereses, y para ellos dialogar era una traición a la patria.

Ellacuría era el objetivo. El escuadrón militar se dispuso al “combate”, organizaron sus uniformes, sus planes y sus armas y debido a “su profesionalidad”, pudieron ejecutar la operación con un rotundo éxito. No hubo bajas en sus filas, cero muertos, ni siquiera heridos, aunque sí se sabe de un soldado que se tropezó con una rama seca. Fue el único herido, ya que la rama rozó su brazo y lo rasguñó. La resistencia de los sacerdotes, acostumbrados a leer las cartas de San Pablo y las parábolas de Cristo, no les daban armas con poder destructivo, por eso, no tenía ni el armamento ni la planificación militar para detener a un escuadrón con fusiles M16, lanza granadas, lanza fuego, ametralladoras, pistolas y cuchillos. Los ancianos sacerdotes solo tenían como armas diez una biblias, siete rosarios, catorce liturgias de las horas, muchos libros de teología y un cerebro lúcido llenos de ideas para iluminar la realidad del pueblo salvadoreño, pero en el momento de la comparación militar, las armas de los militares eran más poderosas, en tanto violentas.

A las 2 de la mañana de ese fatídico 16 de noviembre, entraron al recinto de la Universidad donde vivían los jesuitas. Con lujo de barbarie fueron acabando con cuanto se les ponía enfrente. Entraron al recinto universitario y se dirigieron a la casa donde dormían los padres jesuitas, ya tenían bien estudiado su plan. Armaron escándalo, dispararon, golpearon el portón, patearon macetas, simulaban un combate con el enemigo. Esos ruidos no fueron ignorados por los sacerdotes, que aunque era de madrugada, despertaron, cualquier cristiano despertaría, por pesado que fuera su sueño, por lo cual el padre Ellacuría se levantó y él mismo les fue a abrir la puerta, diciendo que no destruyeran las cosas. Por la puerta entraron los asesinos, se les abrió la puerta cortésmente, pero el animal no entiende cortesía. Una vez dentro, se transformaron en bestias sedientas de sangre. Uno a uno fueron sacando a los sacerdotes, los obligaron a acostarse boca abajo en el patio, y así, sin escrúpulos, sin temor, sin conciencia, sin una pizca de humanidad, descargaron sus armas de fuego sobre las cabezas de los ancianos sacerdotes. Los cráneos explotaron y la masa encefálica quedó desparramada por el césped, así de salvaje y monstruoso fue, la sangre regó la tierra. Miles de años atrás, el testimonio de los cristianos del circo romano, antes asesinados por bestias salvajes, se volvía a revivir. Pero estas bestias del siglo XX, que crucificaban de nuevo a Cristo eran peores que salvajes, porque los leones del circo romano, no sabían lo que hacían y al final, mataban a los cristianos por hambre, pero estas bestias sí sabían lo que habían, tenían conciencia de lo bueno y de lo malo, podían haberse negado a obedecer una orden tan cruel, cobarde y salvaje, por eso odiaban a monseñor Romero porque una vez les dijo en su cara “y ante una orden de matar que de un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice NO MATAR… ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios, una ley inmoral nadie tiene que cumplirla” monseñor Romero, 23 de marzo de 1980   

Cuando “el combate” terminó, los señores vestidos de verde olivo, emprendieron el regreso, contentos por “la misión cumplida” y de que no habían sido heridos en tan cruento “combate”. Al dejar la escena del crimen, cometieron la última de sus fechorías y este sería un elemento que delata su cínica cobardía. Pintaron un letrero, que decía: “El FMLN hizo un ajusticiamiento a los orejas contrarios. Vencer o morir, FMLN”

Como perfectos cobardes, no se hacen cargo de sus acciones, sino que culpan a otros para seguir siendo ante la sociedad “las gloriosas fuerzas armadas” “Las que defienden al pueblo”. Pero la historia los iba a desenmascarar. Quisieron culpar a los grupos de izquierda de sus atrocidades, pero la luz de la verdad que no puede ser otra que la luz de Jesucristo, reveló quiénes eran los responsables.

Y así, 6 sacerdotes fueron masacrados como lo fue Cristo, dando su vida por los valores del evangelio. Pero junto con ellos, también fueron asesinadas una mujer y su hijita de 15 años, porque estaban es ese lugar el día de los hechos. A los asesinos, no les tembló la mano, para disparar sobre dos mujeres indefensas. Elba y Celina.

En El Salvador, a los sacerdotes de la Iglesia católica, la única Iglesia de Cristo, los empezaron matando uno por uno… y terminaron matándolos por medias docenas. Porque satanás persigue a la Iglesia católica y a sus ministros, siempre ha sido así, porque la Iglesia católica se ha encarnado en los problemas de los pueblos en cualquier lugar donde existe. Por eso lleva la marca de la persecución. Pero la sangre se vuelve vida, porque los enemigos de las tinieblas creen que matando a los cristianos, se acaba la fe y la lucha por la justicia, más no saben que Cristo nunca muere, sino que da valor a su pueblo. Se vuelven a hacer vida, las palabras de Tertuliano “La sangre de mártires, es semilla de nuevos cristianos”.

Año tras año, la Universidad UCA conmemora este hecho sangriento, rindiendo honor a los que no huyeron, cuando bien pudieron haberlo hecho, pero se quedaron a sufrir las consecuencias de la coherencia cristiana. Parafraseando a otro mártir salvadoreño, San Óscar Romero, Con este asesinato salvaje, la Iglesia Católica demuestra que está del lado de Dios, pues amar al pueblo, es amar a Dios, ellos “Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas de su pueblo” (Homilía del 30 junio 1979)

La Iglesia católica, la única Iglesia de Cristo

Deja un comentario