La conversión de San Pablo
La Iglesia celebra cada 25 de enero, la fiesta litúrgica de la conversión al cristianismo de Saulo de Tarso, que luego se convertiría en Pablo y que hoy lo conocemos como San Pablo.

Es una fiesta única, pues la Iglesia no celebra la conversión de nadie más. ¿Qué tiene de diferente este hecho histórico para la Iglesia? Podemos afirmar que este hecho es único, no tanto por lo que pasó en este día de su conversión, lo cual nos lo narra el libro de los hechos de los apóstoles, sino lo que representará para el futuro de la Iglesia naciente.
La Iglesia estaba apenas en pañales y los apóstoles eran perseguidos a muerte, su confianza era sometida a una prueba enorme y muy probablemente muchos dudaban. Precisamente uno de los perseguidores más feroces e implacables era este muchacho de Tarso llamado Saulo, quien era poseedor de un celo extraordinario por su dios y lo demostraba persiguiendo a todo lo que, para sus valores aprendidos, fuera contra Dios (Hch 9, 1 – 2).
Por eso perseguía a los cristianos, porque Saulo creía y pensaba que así servía a su creador. Era su deber. Era su misión. Era su razón de ser. Y lo hacía tan bien y tan eficazmente que hasta recibió el beneplácito y el apoyo de las autoridades políticas de su tiempo (Hch 9, 2). Cristo, el verdadero Dios, le mostraría que a pesar de su implacable celo por la ley, era inútil, que en verdad lo que hacía era que “se daba coces contra el aguijón” (Hch 26,14).
Saulo sufre, en el camino a Damasco (Hch 9, 3 – 6), un “cambio de valores” interno, externo y extremo. Todo lo que aprendió, todo lo que creyó, todo lo que defendía con pasión, fue tirado a las cloacas putrefactas de un solo tajo, en un solo acto, su vida dio un giro espectacular y no había retroceso.

Saulo pasa por una oscuridad de 72 horas y ahí, en ese “retiro espiritual” recapacita en todo lo que ha sido su vida, la cual gira de una vez y para siempre. Ananías le visita (Hch 9, 17), recupera la vista y entonces inicia un camino extraño, diferente en sentido contrario al que antes recorría. Deja de ser Saulo y pasa a ser Pablo (Hch 13, 9). Ahora él era el buscado para ser asesinado (Hch 9, 24). A muchos otros les pasará, tal vez no exactamente igual pero sí, al menos parecido. Al reverendo Alex Jones quien era pastor pentecostal y luego por una misteriosa razón, se convirtió al catolicismo, dejando su iglesia para siempre. A San Agustín de Hipona, quien era maniqueo y se convirtió a la Iglesia católica, llamado por Cristo, a Francisco de Asís, dejando sus ínfulas de poder y riqueza, para convertirse al verdadero evangelio predicado en la Iglesia católica.

La conversión de San Pablo es determinante para la Iglesia naciente. Pablo es el autor de 13 cartas a sus hermanos, sea a Iglesias como cuerpos totales (colectivas) o a personas específicas, pero en definitiva, todas son un tesoro guardado por la Iglesia que ahora conforman el Nuevo Testamento. En ellas pablo nos da un inmenso conocimiento de Cristo.
Indudablemente que los apóstoles predicaron a Cristo por toda la región de tierra santa, pero nadie lo hizo como Pablo, quien aparte de realizar extensos viajes, nos dejó ese enorme legado de sus cartas y con ello sigue evangelizando al mundo entero.
Pablo, después de perseguir a muerte a los cristianos, llegará a expresar frases tan hermosas y tan llenas de sabiduría humana sobre Cristo como las siguientes:
- Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil 4, 13)
- Todo es basura, en comparación con el conocimiento de Cristo (Fil 3, 8)
- Imítenme a mí, como yo imito a Cristo (1 Co 11, 1 / 1 Co 4, 16 / Fil 3, 17 / 1 Co 10, 33 / 2 Co 1, 12)
- Tenemos la fe, la esperanza y el amor, pero la más importante de ellas, es el amor (1 Co 13)
Y por esto es que la fiesta de la conversión de San pablo es tan importante para la Iglesia y para el cristianismo, por eso lo celebramos con alegría.
La Iglesia Católica, la única Iglesia de Cristo, enero de 2020