LOS SIGNOS DE SU SANTIDAD
Para nosotros los católicos, los santos que veneramos con cariño y respeto, cuyas imágenes tenemos en nuestros templos, son los que se asemejan a Jesús, en su bondad, en su entrega, en su fe, en su amor y hasta en su martirio. ¿Qué es más fácil y más lógico? ¿Imitar a Jesús? O ¿Imitar a alguien que imitó a Jesús? ¿Querer ser como el Santo por excelencia o comenzar por querer ser como alguien menor que El? El cristiano debe comenzar su vida cristiana por las cosas sencillas y más lógicas. ¿Qué es más fácil? ¿El segundo grado? ¿O el octavo grado? ¿El octavo a la universidad? Pues de la misma forma lógica, los santos son un escalón inferior en la fe, antes de llegar a Jesús. Es más fácil tratar de asemejarnos a los santos para luego dar el salto y trascender a querer ser como Jesús de Nazareth. Siguiendo a los santos, estamos seguros que vamos tras Jesús. Ellos, los santos, son copias, aunque imperfectas, de Jesús, pero sabemos que van tras de Él. Es pues, entonces, más fácil y más lógico, tratar de imitar a estos seres imperfectos, antes de pretender ser tan altaneros poniendo nuestra meta en lo más alto: Jesús de Nazareth. Pongámonos metas pequeñas, paso a paso… primero los santos, luego la Virgen María, luego Jesús de Nazateth. Los santos pues, nos ayudan, nos enseñan, nos motivan, nos invitan a seguir al Maestro. Imitando a los santos vamos en el camino correcto hacia el Padre, es por eso que se gloría nuestra Iglesia de tener entre sus fieles, hombres y mujeres que buscaron ser como Jesús, en su amor, en su entrega, en su sacrificio. Por ejemplo, la Iglesia local italiana, debe sentirse orgullosa de tener entre sus filas y poder aportar a la Iglesia universal, a Francisco de Asís, Don Bosco y el Padre Pío, entre muchísimos otros. Los franceses tienen a Juan María Vianney, Bernardo de Claraval, los portugueses a Antonio de Padua, los ingleses a Thomas Becket, y así muchos países del mundo aportan una vida ejemplar a la Iglesia universal, una vida digna de ser imitada. ¿Y Latinoamérica? Latinoamérica también tiene su cuota de fe, de entrega, de santidad, con Martín de Porres, Rosa de Lima, Juan Diego, y es de un orgullo enorme poder decir que EL SALVADOR, ya ha contribuido con esa lista de personas ejemplares que nos señalan el camino hacia Jesús. Sí, por supuesto. La Iglesia salvadoreña ha dado un santo de altos quilates a la Iglesia universal, para que sea puesto como ejemplo e imitado por todas las generaciones venideras. MONSEÑOR ROMERO. No solo un santo, sino también un mártir, lo cual le acerca muchísimo más a Jesús, mucho más que los santos piadosos que conocemos, ya que fue capaz de entregar no solo su vida, sino también su sangre por la causa del Evangelio. Pero ¿por qué decimos miles de salvadoreños y de cristianos que Monseñor Romero es un Santo? ¿En qué nos basamos? ¿Por qué estamos tan seguros? ¿Será posible que este personaje esté a la altura de los grandes santos de la Iglesia? ¿Qué es lo que NO nos hace dudar? Con estas líneas pretendemos responder estas preguntas.
Hagamos remembranzas de lo que es un santo.
Hace muchos siglos, cuando había un hombre o una mujer con virtudes excepcionales y moría, el pueblo empezaba a decir “era un santo”. Así se comentaba de boca en boca, en las calles, en las plazas, en los caminos, era un santo, era un santo, era un santo. La Iglesia retomaba ese sentir del pueblo y lo elevaba a los altares después de investigarlo un poco. El proceso no era largo. Así tenemos los casos de San Francisco de Asís, murió en 1226 y fue canonizado 2 años después, en el 1228, Santo Tomás Becket, murió en el 1170, fue canonizado en el 1173, 3 años después. San Antonio de Padua murió en 1231 y fue canonizado 1 año después, en el 1232. Porque bien dice el dicho VOX POPULI, VOX DEI (La voz del pueblo, es la voz de Dios), el pueblo no se equivoca.
El pueblo conoce a sus hijos, por tanto, siempre tuvo la palabra definitiva. El pueblo los hizo santos, el pueblo tenía la última palabra, el pueblo decidía. La Iglesia retomaba la opinión del pueblo y los elevaba a los altares.
Ahora es diferente. La Iglesia proclama quién es santo y quién no lo es. Con mucha pena, debo decir, que la Iglesia se ha apropiado de la decisión de hacer un santo. La Iglesia despojó al pueblo de esta decisión.
Quienes conocemos a monseñor, sabemos que su vida, obra, sacerdocio y martirio lo hacen un santo como muy pocos en la historia de la Iglesia. Monseñor no es “un santo más”.
Es la intención de estos artículos, analizar los diferentes aspectos de la vida de Monseñor Romero, para descubrir su amor total y la valentía de su ministerio, confirmando así su santidad. Aseguro al lector, quedar realmente conmovidos y sorprendidos de ver el talante de cristiano, de ver los altos quilates de este salvadoreño. Nos sentiremos orgullosos de ser católicos, de ser salvadoreños, de ser centroamericanos, de ser latinoamericanos.
Su vida fue un tormento, ciertamente, un caminar sobre espinas, grandes, dolorosas y puntiagudas, y solo el Espíritu Santo le dio la fuerza de soportarlo todo, solo así se comprende su excepcional vida.
SU VIDA

Nacido en una pobreza normal, como la gran mayoría de salvadoreños. Desde su nacimiento, podemos observar una vida marcada por Jesús de Nazareth. Su entrada al seminario a su corta edad, sus estudios eclesiales, su austera vida de sacerdocio, su merecida elevación al episcopado y su sorpresiva y turbulenta misión como arzobispo. Cada día, cada año, cada etapa de su vida, fue respondiendo a Jesús de una manera honesta, transparente, fiel. Su forma de ver la vida y el Evangelio fue una luz para los salvadoreños, y algún día lo será para la Iglesia universal, cuando sea proclamado Santo oficial de la Iglesia, puesto que su palabra, al igual que la de los santos padres de la Iglesia, iluminan nuestra forma de vivir la fe. Estoy seguro que la palabra de monseñor Romero, dentro de algunos años, será puesta a la par de las palabras de los doctores de nuestra Iglesia, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa, San Bernardo de Claraval. Ahí tenemos sus homilías, cargadas de testimonio, de amor, de fe, de entrega, de discernimiento. Ahí está su testimonio, podemos leerlo en los libros, escucharlo en sus homilías e incluso verlo en algunos videos que por gracia de Dios le tomaron y aún existen. Una persona cuya vida ha sido inmortalizada en libros, películas, obras de teatro, fotografías, canciones, cantatas, óperas, llaveros, artesanías, hospitales con su nombre, calles con su nombre, camisas con su estampa, imágenes en Iglesias, posters, etc., una persona con todos estos recuerdos, es porque tienen muchísimo que decirnos. Es alguien a quien definitivamente, debemos conocer.
Estas líneas no pretenden ser una “biografía” del santo de la justicia social, por lo cual, vamos directamente a sus tres años de ministerio profético, tan cargados de muerte, dolor, testimonio, amor y fidelidad al Evangelio. Un ministerio lleno de homilías proféticas que llevaban aguijón y miel, pero también traían consecuencias graves, entre ella, la difamación del señor arzobispo, lo cual no hacía otra cosa, que autenticar, la misión del profeta.
LAS CALUMNIAS
Las homilías de Monseñor Romero eran toda una cátedra de teología, información y fidelidad a la verdad. En esos años, la gente común no podía decir la verdad de lo que ocurría en el país porque era asesinada por ese simple hecho, ¡decir la verdad!. Los medios de información, (o mejor dicho de “desinformación”) periódicos, TV y las radios estaban al servicio del Gobierno de turno, de los ricos y poderosos. No decían la verdad, la ocultaban para beneficiar sus oscuros intereses. Pero cuando monseñor Romero hablaba, desde el púlpito de la catedral de San Salvador, todo el pueblo escuchaba, hasta los asesinos, porque sabían que sólo en las homilías escucharían la verdad de lo que sucedía en el país. Era la persona más escuchada del país. Ni siquiera se le comparaba el presidente de la república. Monseñor Romero, estaba en la cúspide de los personajes dignos de credibilidad… y era el único digno de crédito. Veamos este pequeño testimonio, contado por el mismo monseñor Romero.
“…me contaron que cuando sacaban mi valija ayer, – la sacaban del aeropuerto internacional de El Salvador. Monseñor acababa de regresar de México – alguien dijo “ahí va la verdad”. La frase breve me llena de optimismo, porque en mi valija no traigo contrabando, ni traigo mentira, traigo la verdad…” 18 Febrero 1979
Este relato se refiere a cuando Monseñor Romero regresa de la reunión de los Obispos latinoamericanos en Puebla, México.
Pero por absurdo que parezca, la verdad no gusta a todos. El que vive en las tinieblas, detesta la luz. Quien vive de la mentira, detesta la verdad. Así como la luz molesta al malhechor, la verdad es como el ácido sulfúrico para los mentirosos. Los que se confabulan con la oscuridad, le temen a la luz, le temen a la verdad, por eso le temían a la verdad de su palabra, y como en El Salvador los oligarcas se cobijaban en la oscuridad, Monseñor era un estorbo mayúsculo para ellos, para el Estado y para todos los poderosos.
Aunque lo intentaban, no podían rebatir sus ideas, sus reclamos, sus denuncias, no podían competir con su palabra, con la santidad de monseñor. Para callarlo, intentaron la mentira, el soborno, la intimidación, el miedo, intentaron también las presiones desde el Gobierno, las esferas de poder, e incluso desde la propia Iglesia. Como fue imposible detener su misión profética, se dedicaron a lo último que podían hacer, sacaron su “as bajo la manga”: la calumnia, la ofensa, el ultraje, el maltrato y aún aquí, salen perdiendo porque monseñor sabe que todo esto ya había sido anunciado por Jesús. Una vez más, el Evangelio no falla.
“…dichosos ustedes cuando por causa mía, los maldigan, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo…” Mt 5 11-12
Como no pudieron sobornarlo, intimidarlo, asustarlo, callarlo, se dedicaron a las calumnias, los insultos. Todos los medios escritos de ese tiempo. La Prensa Gráfica, El Diario de Hoy, El Mundo, La Opinión (periódico que ya no existe), la Tv, la radio, se dedicaron a hacer una campaña de difamación de Monseñor Romero, y esto era lógico pues los dueños de estos medios de “información” eran las esferas de poder que tanto odiaban a monseñor. Cualquiera podía escribir un insulto. Si era contra monseñor Romero y contra la Iglesia católica progresista, el insulto era bienvenido. Esto envenenó la mente de muchos compatriotas, quienes diariamente leían, escuchaban que el arzobispo era “guerrillero”, “revolucionario” y al final, vieron en Monseñor Romero al diablo mismo, al cura “comunista”. Muchos compatriotas, jóvenes en esos años, hoy adultos, han llegado a comprender la labor pastoral de monseñor y con ello, han expiado sus culpas, otros sin embargo, siguen con la misma venda impuesta por los medios de desinformación social de esos años, ya que 30 años después, ese veneno que les insertaron en sus venas, sigue activo, y lo que es peor, se lo transmiten a sus hijos. Para muchos compatriotas, monseñor sigue siendo, el “cura comunista”, el “causante” de miles de salvadoreños muertos. Por algo a estos medios les llaman “El cuarto poder”.
Lo acusaban de terrorista
Lo que leerán a continuación, son “noticias”, escritos de PRIMERA PLANA que publicaban periódicos salvadoreños empecinados en difamar a monseñor Romero.
“TERRORISTAS INVOLUCRAN A MONSEÑOR ROMERO”, decía la “noticia” de primera plana, con letras grandes, luego, con letras pequeñas, decía.
“Sale a recibir consignas: Monseñor Romero, quien se encuentra sumamente preocupado por sus enlaces con grupos terroristas salió fuera del país – según informaron fuentes del palacio arzobispal – con el objeto de reunirse con ciertos elementos que se encargan de transmitir las consignas de la subversión internacional. En otras fuentes se dijo que se trata de un viaje de negocios (el terrorismo es un buen negocio) y que aprovecharía la oportunidad para efectuar consultas en clínicas de neurología”.
Esta era la noticia de primera plana del Periódico LA OPINIÓN, Junio 1978[1], parece increíble, pero estas eran las noticias difamatorias sobre Monseñor. ¡Aunque no lo creas! Asociaban libre y cínicamente al pastor de la Iglesia con el terrorismo. No se escondían. Eran claros, directos, no tenían una pizca de decencia. Su índice de maldad y de difamación era enorme. Nótese que al final de esta calumnia informan que hará “consultas en clínicas de neurología”, sugiriendo que tenía problemas mentales.
En otro suplemento del mismo dizque “periódico” lo acusaban de terrorista y de incitar, de provocar, de impulsar a la violencia. Veamos y leamos.
“Monseñor Romero dirige grupo terrorista” , “Arzobispo, gran aliado de los agentes de la subversión”
Otro número traía una caricatura de Monseñor Romero quien desde el púlpito decía:
“Si es necesario actúen con violencia, secuestren, maten, vida larga a la clase combatiente, arriba el terrorismo”. LA OPINION, NOVIEMBRE DE 1977[2]
Estas mentes perversas, llegaron a publicar incluso, que monseñor Romero era un agente del demonio y que tenía posesión diabólica.
“… HARÁN EXORCISMO A MONSEÑOR ROMERO…mentes diabólicas dirigen a monseñor (Romero), que se encuentra poseído del espíritu del mal…”
“Noticia” también de primera plana del Periódico LA OPINIÓN, Abril 1978[3]
Esto solo como ejemplo. El ataque fue frontal, desde todos los medios, para engañar y confundir a la opinión pública y para acrecentar el odio en las clases altas, medias y bajas, hacia monseñor Romero, lo cual lograron en parte, ya que muchísima gente les creyó y se llegaron a hacer un concepto tergiversado de monseñor Romero. Le llegaron a odiar. Como ya señalamos, incluso hoy en día hay gente que no le acepta su misión y simplemente dicen “se metió en política”. Podríamos continuar citando ejemplos, sin embargo, espero basten los anteriores, para que se tenga una idea del odio visceral y acérrimo que se pregonaba hacia Monseñor Romero.
Pero Monseñor, lejos de desanimarse, reconocía en estos ataques, la autenticidad de su predicación y de su forma de actuar.
“…Me hacen un inmenso honor cuando me rechazan, porque me parezco un poquito a Jesucristo que también fue piedra de escándalo…” 31 Diciembre 1978
Consciente de que los medios publicitarios, contribuían a tergiversar la verdad y de que alimentaban el odio hacia su persona, les denuncia enérgicamente y lo hacía de la siguiente manera:
“…es lástima tener unos medios de comunicación tan vendidos a las situaciones. Es lástima no poder confiar en la noticia del periódico de la televisión o de la radio porque todo está comprado está amañado y no se dice la verdad…” 2 Abril 1978
Pero no los denuncia porque le atacaran a él, sino porque nunca decían la verdad de lo que sucedía en el país. Cada masacre que hacía el ejército contra el pueblo, los medios de desinformación decían que habían sido guerrilleros, en un combate. Cada campesino asesinado, decían que era un subversivo, un comunista. Cada sacerdote expulsado, decían que era por meterse en política.
En síntesis, los “periodistas” salvadoreños de los años 70s y 80s, eran otra cosa, menos periodistas. Porque “un periodista o dice la verdad, o no es periodista” 29 Julio 1979
Vale señalar que hubieron hombres y mujeres que eran verdaderos periodistas, pues sí decían la verdad de lo que sucedía, pero estos fueron perseguidos, secuestrados y asesinados para callarles. El periódico “El Independiente” y “La Crónica”, fueron cerrados por la persecución de su personal. Koos Koster, Hans ter Laag, Jan Kuiper y Joop Willemsen, fueron periodistas holandeses que reportaban desde el campo de batalla, fueron emboscados y asesinados por el ejército salvadoreño.



ROBERTO CAMPOS
MARZO DE 2013
SEPTIEMBRE 2014
[1] Romero Cese la Represión, Equipo Maiz, pág 22
[2] La Palabra queda. James Brockman, pag 144
[3] La palabra queda, pág 144