LOS SIGNOS DE SU SANTIDAD
“Lo entregaste todo, de una sola vez, y solo buscaste, Evangelio y paz, y te jugaste la vida, como Aquel de Nazareth”[1]
SU FIDELIDAD A PESAR DE LAS AMENAZAS
Monseñor Romero, a lo largo de su ministerio arzobispal, fue incomprendido por las personas que estaban en las esferas de poder, Gobierno, militares, oligarcas, aunque esto es muy natural, pues es el desconocimiento de la labor que otra persona desempeña, el albañil no comprende lo que hace el electricista. El licenciado comprende poco lo que hace el agricultor. El ingeniero desconoce el trabajo del contador. Para el médico, es incomprensible la labor del abogado. El panadero no comprende por qué existen los ingenieros biomédicos. Los arquitectos desconocen la labor de los nutricionistas. Cada quien conoce y comprende su labor, su trabajo y también (debiera conocer) sus limitaciones. Estas personas, llevadas por su incomprensión e intolerancia, criticaban duramente, la labor de monseñor, no conocían y no entendían por qué actuaba de la forma que actuaba, sus críticas entonces no tenían una base sólida, pero sus críticas sin fundamento provocaban que mucha gente, llevada por su falta de criterio del Evangelio se uniera a la crítica “solo porque sí” y aún más, provocaban que mentes perversas le insultaran, intimidaran y amenazaran. Curiosamente, la gente sencilla le seguía, le apreciaba, le obedecía, le amaba:
“…te doy gracias Padre, por haber ocultado estas cosas a los sabios y haberlas revelado a los pequeños…” Lc 10, 21. Monseñor lo decía de esta forma:
“Dichosos ustedes los pobres porque de ustedes es el Reino de Dios. Ustedes son los más capacitados para comprender lo que no comprenden quienes están de rodillas ante los falsos ídolos y confían en ellos” 17 Febrero 1980.
Su opción preferencial por los pobres, definida por el magisterio latinoamericano, en Medellín y Puebla, fue entendida por gobernantes, ejército, esferas de poder y escuadrones de la muerte, como una declaración de guerra. La gente que desconocía la labor de la Iglesia, es decir, los “católicos de misa de domingo”, no comprendían la profundidad del Evangelio y con ello ignoraban totalmente las reuniones de los Obispos latinoamericanos quienes ya habían trazado el cómo debían ser las líneas del accionar pastoral en América latina. Monseñor, como hombre de edad avanzada, le huía al conflicto, sin embargo la Iglesia en el magisterio latinoamericano, le obligaba como pastor a ser consecuente con el Evangelio. Medellín y Puebla marcaban su pastoral, pero claro, como esto era desconocido y/o mal entendido por sus detractores, le tachaban de guerrillero, comunista, revolucionario, etc. para ellos, textos como las siguientes, eran totalmente desconocidos.
“Vemos a la luz de la fe, como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente brecha entre ricos y pobres. El lujo de unos pocos se convierte en insulto contra la miseria de las grandes masas. Esto es contrario al plan del Creador y al honor que se le debe. En esta angustia y dolor, la Iglesia discierne una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos y que tienen la capacidad de cambiar…” Documento de Puebla, # 28
La Iglesia exige que no se callen las injusticias, ni siquiera cuando pueda malentenderse la denuncia justa de la opresión. “El temor del marxismo impide a muchos enfrentar la realidad opresiva del capitalismo liberal. Se puede decir que ante el peligro de un sistema marcado por el pecado, se olvida denunciar y combatir la realidad implantada por otro sistema igualmente marcado por el pecado” Documento de Puebla # 92
“Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos colectivos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo. El mismo Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza, crea la «tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a todos, en forma más justa», y le da poder para que solidariamente transforme y perfeccione el mundo. Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado <5>, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano” Documento de Medellín La Justicia # 1
“El sistema liberal capitalista y la tentación del sistema marxista parecieran agotar en nuestro continente las posibilidades de transformar las estructuras económicas. Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno, tiene como presupuesto la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; el otro, aunque ideológicamente sostenga un humanismo, mira más bien el hombre colectivo, y en la práctica se traduce en una concentración totalitaria del poder del Estado. Debemos denunciar que Latinoamérica se ve encerrada entre entas dos opciones y permanece dependiendo de uno u otro de los centros de poder que canalizan su economía”. Documento de Medellín La Justicia, empresa y economía # 10
Por consiguiente, alguna de las frases de monseñor Romero, les sonaban a comunismo puro y eran consideradas como ofensas y provocaciones directas.
“Una Iglesia que no se une a los pobres para denunciar desde los pobres las injusticias que con ellos se cometen, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo” 17 Febrero de 1980.
“La Iglesia se predica desde los pobres y no nos avergonzamos nunca de decir: La Iglesia de los pobres” 24 Diciembre 1978.
Por este y otros atrevimientos, el arzobispo fue agredido, difamado e intimidado de muchas formas. Al asesinarle sacerdotes de su clero, religiosas, catequistas, dinamitando la radio del arzobispado YSAX, cateando parroquias, expulsando sacerdotes extranjeros, editoriales en prensa escrita llenos de odio, programas radiales contrarios a su pastoral. Incluso en una ocasión, encontraron un maletín con 72 candelas de dinamita, lista para explotar en el interior de la basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en la calle Arce, templo en el cual, Monseñor Romero estaba celebrando la Eucaristía. Las llamadas por teléfono siempre le llegaban, insultándolo, ultrajándolo, despotricándolo. Lo amenazaron con hojas anónimas que llegaban al arzobispado: “te beberemos la sangre”. “Haga patria, mate un cura”, fueron las hojas volantes que se repartieron en 1977. Incluso, sucedió lo inaudito, le amenazaron hasta desde sectores que jamás esperaríamos. La institución que se supone apoyaría el ministerio de Monseñor Romero, también le amenazó. Sí. Hasta la iglesia le amenazó con quitarle su diócesis. Se puede entender la incomprensión y el ataque frontal de instituciones ajenas a la Iglesia, pues son incapaces de entender la forma de actuar del arzobispo, pero que la misma Iglesia se muestre hostil para con un pastor y su ministerio, es en verdad sorprendente. Sin embargo, analizando esto desde la fe, sabemos que eran ataques del maligno usando a sus hijos (del maligno) para mortificar a un santo que intentaba vivir el Evangelio de Cristo. Es muy conocido que las relaciones de monseñor Romero con el señor Nuncio Apostólico, Monseñor Enmanuel Gerada, no fueron buenas, desde aquella memorable misa única de 1977. Gerada era el representante del Papa y si no estaba bien con él, tampoco estaría bien con el Vaticano.


Este es un “cable” del año 1978, desclasificado recientemente por el gobierno argentino, en el cual el representante de ese país informa que el señor nuncio de El Salvador va a solicitar, en el Vaticano, el cambio de monseñor Romero.
Monseñor mismo atestigua la situación difícil:
“… consigno por escrito que si es para bien de la Iglesia, con el mayor de los gustos entregaré a otras manos este difícil gobierno de la arquidiócesis. Pero mientras lo tenga bajo mi responsabilidad, solo trataré de agradar al Señor y servir a su Iglesia y a su pueblo, de acuerdo a mi conciencia a la luz del Evangelio y el Magisterio.”[2]
Esto se debía a que en mayo de 1979 la Iglesia evaluaba la opción de asignarle un “Administrador Apostólico con plenos poderes”. Roma recibía información constante de que la pastoral de monseñor, era subversiva y comunista.
“El 14 de diciembre de 1978, monseñor Romero recibió una nota del nuncio, en la cual se le comunicó que la congregación de obispos había nombrado a Monseñor Antonio Quarracino, obispo de Avellaneda, Argentina, como “visitador apostólico” de la Arquidiócesis de San Salvador”.
En la legislación eclesial, un “visitador” es un delegado enviado por un superior de mayor rango para investigar una situación… En mayo de 1979, en una visita al Vaticano, el Papa Juan Pablo II le dijo (a monseñor Romero), que el obispo Quarracino, quien había visitado la arquidiócesis en diciembre, había recomendado el nombramiento de un “Administrador apostólico sede plena” para la arquidiócesis. Es decir, Monseñor Romero seguiría siendo el arzobispo nominalmente, pero otro gobernaría. Tal recomendación, dijo el Papa, ponía de manifiesto que Quarracino juzgaba la situación allí, como sumamente delicada”[3]
La oligarquía salvadoreña tenía grandes tentáculos, usaban al Gobierno de El Salvador para enviar quejas y difamaciones a través de su representante en El Vaticano. Los otros obispos, ajenos a las conclusiones de Medellín y Puebla, miembros de la conferencia episcopal salvadoreña, también mal informaban a la Santa Sede, era así como entonces, el Vaticano era inundado de calumnias, falsas informaciones y malos deseos para con monseñor Romero, hasta allá llegaban solo informaciones contrarias al ministerio de Monseñor Romero. El Papa y los diferentes dicasterios romanos, se iban haciendo una mala idea del señor arzobispo, iba construyéndose una “coraza” anti-monseñor Romero.
“… veré al Papa y platicaré con él. Yo nunca he estado opuesto a la línea del Papa. Seguiré todo lo que el Papa dice. Ya sé que allá adelante están muchas denuncias contra mí. Hay muchas informaciones que están diciendo de lo torcido de mi pastoral y sé que el Papa me preguntará sobre ello” 22 Abril 1979
De aquí se comprende que, en algunas ocasiones, cuando monseñor Romero llegaba a Roma, a defenderse personalmente de los ataques y las calumnias, lo que hallaba, en vez de comprensión y apoyo, fuera malas miradas, regaños, reprimendas, sermones, indiferencia, etc. Todo esto iba enfocado a atacar al arzobispo, resquebrajar su moral, mortificarlo para que dejara de denunciar las terribles situaciones que a diario pasaban en el país. En cierta ocasión denunció una de tantas tretas para quitarle la silla arzobispal.
“…que estas firmas también piden mi destitución. Yo no tengo inconveniente en ser destituido, ni tengo ambiciones en el poder de la diócesis. Simplemente considero que esto es un servicio y que mientras el Señor, por medio del Pontífice, me tenga en él, seré fiel a mi conciencia a la luz del evangelio que es la que yo trato de predicar, nada más, ni nada menos…” 20 Agosto 1978
Con tanta tempestad de intrigas, Monseñor tambalea, pero no cae. Monseñor Romero tiene un as bajo la manga y todos y a la vez, nadie, lo sabía. Pide al pueblo el mejor de los apoyos: ¡¡¡Oraciones!!!
“…quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él, todos los riesgos que mi ministerio me exige…”
11 Noviembre 1979
En vista de que la situación era completamente seria y que aquí en El Salvador, a los escuadrones de la muerte había que tomarlos con toda la seriedad del caso, desde Nicaragua le ofrecieron asilo, es decir, le decían : “Monseñor, no se arriesgue, véngase para acá, aquí estará a salvo y no le pasará nada”. Recordemos que ya en esos últimos días (1979), en Nicaragua había vencido la revolución sandinista y apreciaban la labor de nuestro arzobispo. Monseñor, por su parte, agradeció el ofrecimiento, pero hace una opción. !!!!No abandonar al pueblo!!!! Monseñor está listo para el sacrificio máximo.
Recordemos a Pablo de Tarso. Quien se vio en situaciones difíciles y comprometedoras, cuando estaba a punto de ser sacrificado, hace su oblación de amor. Antes de morir decapitado, realiza su última ofrenda a Jesús. Sabe perfectamente que la muerte solo es un paso necesario hacia su anhelo más preciado. Como anillo al dedo, recaen estas palabras de San Pablo a la vida de Monseñor.
“…para mi ha llegado la hora del sacrificio y se acerca el momento de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, siempre fiel a la fe. Por lo demás ya me está preparada la corona de los santos con que me premiará en aquel día, el Señor, justo juez…” 2 Co 4 6-8
EL MARTIRIO
Los que planearon su muerte, pensaron y creyeron que eliminándolo, callarían su voz y desterrarían su mensaje. Creyeron que asesinándolo borrarían su testimonio de vida recta, limpia, impoluta, pero su equivocación fue espantosa. “Su asesinato lo hizo famoso en el mundo entero. Dos años y medio después del suceso, dos muchachas estudiantes de Sudáfrica estaban sentadas frente a mí en un compartimiento de un tren alemán. Tenía junto a mí un libro con textos de Oscar Romero que acababa de ponerse a la venta y me dijeron -ese es el obispo que asesinaron ¿no?-”[4]
Porque el martirio de un arzobispo, no es cosa de todos los días, ni siquiera de todos los años. En el siglo XX, el único arzobispo asesinado en el altar fue Monseñor Romero. Y esto que hacemos referencia a un siglo marcado por la persecución a los cristianos, solo superado por los primeros tiempos, cuando los cristianos eran llevados a los mal llamados “circos” romanos.
Para remitirse al caso más cercano y reciente del asesinato de un arzobispo hay que retroceder en el tiempo 800 años. “…en la historia de la Iglesia, el caso mas famoso de un arzobispo muerto en un templo fue el de Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, asesinado en la catedral de esa ciudad británica el 29 de diciembre de 1,170, luego de un largo conflicto con el Rey Enrique II. Becket fue canonizado en el año 1,173…” [5]
El Rey quería dar órdenes al clero y poder participar como autoridad reconocida en los asuntos de la Iglesia. Monseñor Becket, fiel al Papa, se oponía férreamente a ello. El hecho de mantener un conflicto con el Rey Enrique II debido a sus pretensiones, hicieron tensas las relaciones entre el Rey y el Arzobispo Becket, al punto de que Monseñor Becket fue asesinado. Cuatro sicarios con espadas asesinan al Arzobispo. Sin embargo, es importante señalar que aún aquí, en esta comparación Monseñor Becket – Monseñor Romero, hay enormes diferencias. Monseñor Becket fue asesinado por defender la autonomía, la libertad de la Iglesia, la fidelidad al Papa. Su celo para que el Rey no se inmiscuyera en los asuntos que solo atañen a la Iglesia.
Monseñor Romero, por su parte, fue asesinado por defender la vida. Leonardo Boff[6], recuerda que Monseñor Romero en persona se lo dijo de la siguiente forma: “… en mi país es necesario defender lo mínimo, que es el máximo don de Dios: !!!LA VIDA!!![7]. Monseñor Romero defendió, no lo estructural de la Iglesia, no lo legal, sino su razón de ser: ¡El ser Humano! Al igual que Monseñor Becket, fue fiel a la Iglesia y fiel al Papa, pero su principal preocupación era “la vida humana”. La defensa por la vida fue enconada. El conflicto era inevitable, pero Monseñor Romero lo tenía claro “No le tengo miedo al conflicto, cuando ese conflicto lo provoca nada más, la fidelidad al Señor” 11 Marzo 1979. Su corazón se compungía cuando la vida era pisoteada. “Seis meses de caminar por el calvario de la arquidiócesis, recogiendo muertos” 11 de septiembre de 1977
“A mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres” 19 Junio 1977
La Iglesia defiende la vida, desde el bebé en el vientre de su madre, hasta el anciano en sus últimos días. “…la vida humana es sagrada…solo Dios es Señor de la vida…, nadie, en ninguna circunstancia puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente…” CIC[8] # 2,258 Volviendo al caso del Arzobispo Becket, con su vil asesinato, Tomas Becket dejó de ser “el señor Arzobispo”, el pastor del pueblo de Canterbury y se convirtió en “Santo Tomás Becket” Arzobispo y mártir. El pueblo de Canterbury solo esperó 3 años para su canonización. El pueblo salvadoreño ya esperó 30 años… y seguimos esperando.
Pero el martirio no es algo que debamos tomar a la ligera. Para empezar, el martirio, visto desde la fe, es un “Don” de Dios. Por supuesto. No cualquiera es llamado al martirio. Solo aquel fiel, congruente, piadoso, amoroso y radical seguidor de Jesús, está reservado para semejante prueba. Dios proporciona el valor para soportar la prueba. San Antonio de Padua, sacerdote franciscano, ansiaba el martirio. Se fue a predicar a tierras musulmanas, esperando encontrarlo, pero Cristo no quería eso para él. Cristo tenía otro plan para San Antonio. Y así, tuvo que retornar a su origen al enfermar gravemente sin encontrar lo que tanto buscaba.
Solo el Padre sabe por qué a unos se los concede y a otros no. Permítaseme decir que “El martirio está reservado para almas privilegiadas, llenas de Dios”[9]. Y digo “permítaseme” porque no quiero con esto, tener de menos a San Francisco de Asís, a San Juan Bosco, al Padre Pio, a Santa Teresa, a San Agustín, a San Martín de Porres, santos a quienes admiro, amo y respeto mucho.
El martirio, si se me sigue permitiendo mi atrevimiento, está reservado para personajes tan extraordinarios como Pedro, Pablo… (el gran Pablo de Tarso), Esteban, Santo Tomás Moro, Santo Tomás Becket, etc.

| Monseñor Romero, 60 segundos después de haber recibido el disparo |
La Iglesia, por su parte, reconoce lo sublime y glorioso del martirio.
“…el martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe, designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da un testimonio de Cristo muerto y resucitado al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana…”
“…con el mas exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo de dar testimonio de su fe. Son las actas de los mártires, que constituyen los archivos de la verdad, escritos con letras de sangre. CIC 2,473, 2,474
Por eso monseñor Romero mismo, hablando del martirio se refiere a él tan espléndidamente “…la Iglesia sufre el destino de los pobres: la persecución. Se gloría nuestra Iglesia de haber mezclado su sangre de sacerdotes, de catequistas y de comunidades, con las masacres del pueblo, y haber llevado siempre la marca de la persecución. Precisamente, porque estorba, se la calumnia y no se quisiera escuchar en ella la voz que reclama contra la injusticia” 17 Febrero 1980.
“Me alegro hermanos de que nuestra iglesia sea perseguida” 15 Julio 1979
“Sería triste que una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las victimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una iglesia encarnada en los problemas del pueblo”. 30 Junio 1979
La Iglesia, nuestra Iglesia, nos enseña que el martirio es un suceso extraordinario, lleno de violencia, ciertamente, pero también, lleno de Dios, porque Dios convierte en amor la maldad. El Magisterio dice que es el “máximo testimonio de fe” que un cristiano pueda dar. Está claro. No hay ambigüedades. “El máximo”, no hay otra prueba más grande. Ese cristiano se ofrece víctima por Jesús. Nadie se asemeja más a Jesús que los mártires. Por ejemplo San Juan Bosco y San Francisco de Asís, santos a quienes yo, repito, estimo, admiro, amo y les tengo mucha fe, fueron santos porque imitaron a Jesús en su entrega total por los demás. Imitan a Jesús en la bondad, el amor, la comprensión, la alegría, la entrega total, la perseverancia, y son grandes santos, claro que lo son, pero el mártir todavía va más allá, el mártir da un paso más hacia Jesús. Un mártir, también le imita a Jesús en la entrega, el amor, la perseverancia, pero todavía da ese paso adicional. Los mártires, siguiendo el ejemplo del Maestro, derramaron su sangre por quienes amaron. Se asemejan más, porque llegan al máximo sacrificio, el sacrificio de entregar su propia vida, plena y voluntariamente, al igual que el mártir del calvario.
“El buen pastor da la vida por sus ovejas” Jn 10 11
“No hay amor más grande que este: Dar la vida por sus amigos” Jn 15 13
Y Monseñor fue ese “buen pastor” que caminó con su pueblo.
“Me glorío de estar en medio de mi pueblo” 25 septiembre 1977
“El pastor tiene que estar donde está el sufrimiento” 30 octubre 1977
“Mi amor es el pueblo” 20 agosto 1978
“La Iglesia sufre el destino de los pobres : la persecución” 17 Febrero 1980
EL MIEDO DEL ARZOBISPO
“Es mucho más fácil predicar la mentira para tener poder” 22 Junio 1979.
Monseñor perfectamente pudo vivir un ministerio sin complicaciones. Dedicarse a predicar del amor, el cielo, los ángeles y las estrellas. Pudo haber sido tolerante, blando, complaciente, imparcial, hacer caso omiso de lo que sucedía, total, ya era arzobispo, y las 3 comidas diarias, las copas de vino tinto y las recepciones en mansiones lujosas de la Escalón estaban garantizadas, máxime sabiendo que tenía grandes amistades entre la gente pudiente y el mismo gobierno. Pudo vivir su ministerio arzobispal sin sobre saltos, entre almohadas y finas sábanas de seda, pero monseñor Romero había sido provisto de un corazón de carne, sensible, bondadoso, amoroso, en su conciencia, sabía que eso era negar al Cristo sufriente y esto, no iba con él. ¿Para qué vino Cristo a este mundo si estaba en la comodidad en la casa del Padre? Vino a ser torturado y a morir en una cruz, pero eso, le da la salvación al mundo.
Monseñor Romero da el paso de la comodidad al dolor, de la seguridad a la angustia, de la tranquilidad al tumultuoso torbellino de muerte. Estaba consciente que su forma de pensar, de creer, de hablar y de actuar le acercaba poco a poco a la muerte. Estaba consciente de que tarde o temprano, sufriría un atentado. El lo sabía.
“…el que se compromete con los pobres, tiene que correr el mismo destino de los pobres, y en El Salvador ya sabemos lo que significa el destino de los pobres: ser desaparecidos, ser torturados, ser capturados, aparecer cadáveres…” 17 Febrero 1980
“… no sigan callando con la violencia a los que les estamos haciendo esta invitación, ni mucho menos continúen matando a los que estamos tratando de lograr haya una más justa distribución del poder y de las riquezas de nuestro país. Y hablo en primera persona porque esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya…” 24 Febrero 1980
| Obreros y campesinos capturados por el ejército |


Fotografía de Iván Montesinos, Fotografía del libro “Los escuadrones no hay guerra que dure 100 años de la muerte en El Salvador”, pág. 137
Estas palabras fueron pronunciadasun mes antes de su asesinato. Esto nos demuestra que sus acciones eran con total serenidad, entrega, libertad y sacrificio, lo hizo con determinación, caminando por Jesús, para Jesús y hacia Jesús, hasta las últimas consecuencias. Monseñor Romero siempre tomó en serio lo que nosotros repetimos a veces sin sentido en nuestras Eucaristías (y digo “sin sentido”, debido a que a veces vamos a la misa pero nuestra alma y nuestra conciencia no están en ella). Monseñor hace vida las palabras de San Pablo, que a veces repetimos en nuestras misas: “En Ti vivimos, nos movemos y existimos”. Para Monseñor, estas oraciones eran su regla de vida.
Qué cercanas nos suenan las palabrasdel Maestro, “…el que procure salvar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida por mi, la hallará…” Mt 10 39
Pero el arzobispo no es un ser de hierro, no es un robot insensible a la angustia, al temor, a la desesperación. Como un hombre común y corriente, teme por su vida. Su temor lo demuestra, por ejemplo, en el texto de su último retiro espiritual, que es como su testamento espiritual. Monseñor Romero tenía miedo a la muerte, como todo ser humano. Nuestro instinto de supervivencia es muy fuerte. Tememos, es absolutamente normal. Es el miedo a desaparecer de esta tierra, miedo a ese enorme misterio que es la muerte, sin embargo, a monseñor, aún este temor, el terror, el pánico natural de saber que pueden acabar con su vida, no lo detiene. Sabe que Cristo está al final de ese camino tortuoso y aunque la muerte lo espere a la mitad del camino, monseñor está decidido a caminar.
“…Me cuesta aceptar una muerte violenta, que en estas circunstancias es muy posible. Incluso el señor Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana… mi disposición debe ser dar mi vida por Dios, cualquiera que sea el fin de mi vida. Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Jesucristo asistió a los mártires y, si es necesario, lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro. Pero más valioso que el momento de morir, es entregarle toda la vida, vivir para El… acepto con fe en El mi muerte, por más difícil que sea. En El está mi vida y mi muerte, que, a pesar de mis pecados, en El he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la patria…” Texto de su último retiro espiritual. Febrero de 1980[10]
“…Me cuesta aceptar una muerte violenta…” Le teme, pero sabe que debe aceptarlo. Seguramente recordaba las palabras del Maestro, de que el grano debe de morir para dar fruto.
…Mi disposición debe ser dar mi vida por Dios, cualquiera que sea el fin de mi vida... Se pone en las manos del Señor. Sabe que el fin esta cerca. Sabe que morirá. Sabe que lo buscan para matarlo. Sabe que su nombre es el primero en la lista de los escuadrones de la muerte. Su terror debió haber sido enorme. Solo nos recuerda a Jesús orando en el monte de los Olivos. Esperando a las hordas de traidores para llevarlo a su destino. Pero ni Jesús ni Monseñor sucumben ante el miedo. Al contrario se ponen de pie y caminan hacia su cruz.
…Acepto con fe en El mi muerte, por más difícil que sea… Acepta su fin. No sabe cómo ni cuándo vendrá ni cómo será, pero lo acepta con fe. De lo que sí estaba seguro, es que sería violento, pero lo acepta con fe. Estas palabras de Monseñor, me erizan la piel, me sacan una lágrima siempre que las leo. Su entrega, su fidelidad, su amor, es TOTAL. No comprendo como muchos compatriotas se atreven a decir que “Monseñor Romero fue un político”, que “Se metió en política” que “se merecía la muerte por predicar la violencia”. Y aún, me indigna cuando estos compatriotas dicen que “son católicos”. ¡¡¡Dios Santo!!! Cuánta ignorancia sobre la fe de la Iglesia y sobre nuestro pastor. Un pastor fiel hasta la muerte. De esos cristianos que nacen cada 800 años. Increíble, inconcebible que algunos tengan esos conceptos de él. Seguro es que, quien así opina, es porque no tiene ni la más mínima idea de lo que es ser cristiano, de lo que es cumplir los valores del Evangelio.
Se debe también recalcar que las palabras de Monseñor que hemos mencionado, las escribió en el mes de Febrero de 1980, es decir, un mes antes de su asesinato. Su muerte estaba cerca, las advertencias eran recientes.
LA CONFESIÓN DEL SEÑOR ARZOBISPO UNA HORA ANTES DE SU MUERTE
Este es un hecho sorprendente. Un hecho evangélico que nos confirma el talante de cristiano que es Monseñor Romero y la enseñanza que nos dejó.
En medio de la turbulencia de la situación social de El Salvador, en medio de tantas reuniones, presiones, caos, tantos temas de vida o muerte, monseñor Romero tiene tiempo para los sacramentos, y es que ahí encuentra la fuerza, la paz, el alimento del Señor, convirtiéndose entonces, en lo más importante de su vida. A monseñor Romero no se le entiende sin los sacramentos o como bien dicen las religiosas clarisas de Los Planes de Renderos “Monseñor Romero es un sacramento de Dios”. Como todo buen católico, Monseñor acudía regularmente al sacramento que nos limpia nuestras faltas, sabe que ahí está Dios. El hecho de ser Arzobispo, no lo exime de acudir a este sacramento. Su confesor es un Padre jesuita, quien le escucha, le anima, le conforta y le absuelve de sus faltas. Monseñor acude a este sacramento, ya que “la primera certeza del santo… es creerse un pecador”[11]. Reflexionemos, interioricemos, vivamos este detalle hermanos que leen estas líneas: ¡Una hora antes de su asesinato, Monseñor Romero se confesó!, sí, UNA HORA ANTES, monseñor Romero sintió el deseo de ir a lavarse sus pecados por medio del sacramento de la reconciliación. Divulguemos este detalle escondido del santo de América latina. Reflexionemos de él.
“…Yo les digo en sinceridad, cada noche tengo que pedirle a Dios perdón de mis propias culpas y así lo hacemos todos. El Papa se confiesa también de sus pecados, los sacerdotes nos confesamos porque sabemos que mientras peregrinamos en la tierra aunque sembrando esperanza de otra vida, nuestros pies se empolvan con el polvo de la tierra y hay miserias que sacudir también en la vida humana del más santo de los cristianos…” 02 Abril 1978
¿No es esta la confirmación de su santidad? Monseñor no se considera limpio, justo, intachable. Se reconoce necesitado de la gracia y el perdón de Dios, se reconoce sucio y pecador e inexplicablemente, siente la necesidad de estar limpio ante los ojos del Señor antes de la Eucaristía de las 5.30 pm que va a oficiar. Esa Eucaristía que sería su último y definitivo encuentro con Jesús.
“…Monseñor Romero quería ir a confesarse y estar de regreso en el hospital a las 5.30 pm. Monseñor encontró a su confesor en la vieja casa de los Jesuitas en Santa Tecla – Quiero sentirme limpio en la presencia del Señor – La confesión fue breve, él y Miranda (su chofer) regresaron al hospital, Miranda lo dejó a las 5.30 pm…” [12]
Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, fue asesinado a las 6.15 pm, de ese día lunes 24 de marzo de 1980, en la capilla del Hospital para enfermos de cáncer La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador.


Calendario del año 1980, en la casita de monseñor Romero, hoy museo, el cual indica el día y la hora en que fue asesinado
ROBERTO CAMPOS
MARZO DE 2013
SEPTIEMBRE DE 2014
[1] Lo entregaron todo, Álbum “Testigos”, Kairoi.
[2] La Palabra queda. James Brockman, pág. 186
[3] La Palabra queda. James Brockman, pág. 240
[4] Tres pioneros del futuro, Ludwing Kaufmann, Pág. 127
[5] Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo y mártir. Su muerte y reacciones, pag 59
[6] Teólogo franciscano (suspendido por Juan Pablo II)
[7] Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo y mártir. Su muerte y reacciones, prólogo
[8] CIC : Catecismo de la Iglesia Católica
[9] Roberto Campos
[10] Oscar Arnulfo Romero, Biografía. Jesús Delgado pág 190 – 191
[11] Roberto Campos
[12] La Palabra queda. James Brockman. Pág. 338