III. Los últimos momentos

LOS SIGNOS DE SU SANTIDAD

SU ÚLTIMA EUCARISTÍA

¿Será que Cristo escogió las lecturas bíblicas de ese fatídico día? ¿O que escogió el fatídico día, sabiendo cuáles eran las hermosas lecturas bíblicas? ¿O que eran otras lecturas y envió un soplo Divino a monseñor Romero para que las cambiara por las lecturas que se leyeron de ese día?[1] Solo quién no conoce la vida de monseñor Romero, las circunstancias de su asesinato y los detalles del mismo, es incapaz de reconocer el talante de cristiano que es. Vamos a recordar las lecturas bíblicas del día que el Señor Jesús escogió para llamar a su siervo Oscar Arnulfo Romero. Dios hace las cosas bien, y en este caso, no sería la excepción. Nos quedaremos  asombrados por estos pequeños, pero impresionantes detalles.

Lecturas bíblicas del día 24 de Marzo de 1980[2]

Las lecturas de esta Eucaristía, señalan el camino del siervo de Dios, que está a punto de ser sacrificado, lo conforta, lo alienta a seguir caminando. Desde lo alto, como la lluvia que las flores necesitan, llega la Palabra de Dios que fortalece y consuela a quien está a 30 minutos de verse cara a cara con la muerte. La fuerza del cristiano, la encuentra en la Palabra revelada. Sabemos que ella, aunque escrita por hombres, es inspirada por el mismísimo Dios de la vida, Dios de la historia, Dios de lo creado y lo no creado, Sumo bien. El Alfa y la Omega está en la Palabra, principalmente si esta Palabra es la que corresponde a la sagrada liturgia que diariamente leemos en nuestras Eucaristías. Es evidente e incuestionable que las lecturas de este día, fueron escogidas por el mismo Dios de la vida. ¿Cómo podemos explicarnos el mensaje de estas tres lecturas bíblicas?

Primera lectura: 1 Co 15 20-28

“Cristo resucitó de entre los muertos, siendo el primero y primicia de los que durmieron… Un hombre trajo la muerte, un hombre también trae la resurrección de los muertos. Todos mueren por estar incluidos en Adán, y todos también recibirán la vida en Cristo… El último enemigo destruido será la muerte…”

La primera lectura, en palabras de San Pablo, nos dice que un hombre trajo “la muerte” y por otro hombre nos salva de “la muerte”. Esta lectura nos habla de Adán y de Cristo, la historia de la salvación, pero también es una premonición, un presentimiento. Nos habla de la muerte, pero también de la resurrección que como hijos de Dios tendremos derecho y como fieles católicos, creemos ciegamente en ella. Por eso, aunque muramos, eso no es el final de la vida. Creemos que resucitaremos al final de los tiempos. Monseñor creía en esta verdad revelada. “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño” Febrero de 1980

El salmo también va acorde con lo que sucederá en esa Eucaristía. “Aunque yo camine por el valle de las sombras no temeré”. Recordemos que monseñor Romero estaba a punto de entrar en la oscuridad de la muerte.

Salmo 23

“…El Señor es mi pastor nada me falta, a las aguas de descanso me conduce y reconforta mi alma. Aunque yo camine por el valle de las sombras no temeré. Tú estas a mi lado con tu cetro, tu vara y tu callado me sostienen. La mesa has preparado para mi frente a mis adversarios…” Es como monseñor orando a nuestro Dios: Tú Señor, estás a mi lado, aunque viva en un mundo lleno de pecado, angustia, tortura, dolor y muerte, aquí estás Tú. Aunque camine por estas calles de dolor, de muerte, de horror, Tú haces liviana mi carga. Al final, viviré en tu casa Señor, cuando te dispongas a llamarme.

Evangelio

Para cerrar con broche de oro, la principal lectura de la liturgia de ese día, nos la ofrece el Evangelio. Un detalle extraordinario, totalmente sorprendente. Veamos y analicemos el Evangelio que se leyó ese fatídico Lunes 24 de Marzo.

Jn 12 23-26 “…Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida la pierde, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna…”

¡Debes morir para vivir. Si no mueres te quedarás solo!. Estas a punto de morir asesinado y Cristo te acoge con estas lecturas. Es… es… es… impresionante, es Evangélicamente… ¡¡¡Extraordinario!!! Creo que no hay comparación en la historia de la Iglesia con el martirio de monseñor Romero. Por su puesto que las circunstancias específicas de cada santo que ha dado su testimonio al mundo, son diferentes, sin embargo, en algunos casos muchos elementos son muy parecidos, no así en el caso de monseñor Romero. No hay un referente, un caso que nos haga comparar la santidad de monseñor en medio de un país que se desangra, de una sociedad supuestamente cristiana, porque monseñor vivió entre cristianos, predicó entre cristianos, a los cristianos, no fueron musulmanes ni shintoistas, ni ateos, sino cristianos. Un país cristiano que se desangraba por una represión fratricida y brutal. Monseñor fue asesinado por “cristianos”, y la palabra cristianos, la pongo entre comillas por razones obvias. Un santo asesinado por “cristianos”, un caso que se sale completamente de lo normal. Sin embargo, quizá valga la pena señalar en este momento, que al igual que monseñor Romero, también hubo muchos obispos consecuentes, valientes en toda Latinoamérica, como Don Helder Cámara, Leonidas Proaño, Pedro Casaldáliga, Samuel Ruiz, Sergio Méndez Arceo, entre otros, quienes al darse cuenta del calvario por el que pasaba monseñor Romero, y estando todos ellos en México para la reunión de los obispos latinoamericanos en Puebla, le dieron todo su apoyo moral y evangélico, el cual monseñor reconoció con cariño.

“…Allí traigo como testimonio una carta que de una de esas noches de reflexión con los teólogos, surgió de un grupo de obispos. Una carta preciosa de solidaridad en la que los obispos dicen que [comprendemos -me tratan como hermano y me tratan de tú- cómo el Señor ha puesto sobre tus hombros una cruz pesada hasta de martirios y de incomprensiones, de destierros y de sufrimientos pero sabes que cuentas con el apoyo de tus hermanos tuyos para decirles a todos los sacerdotes, religiosas y fieles que estamos en plena comunión con la Arquidiócesis de San Salvador]«…

16 Febrero 1979

“…Me acuerdo una de las primeras noches de la reunión de Puebla, cuando conocí a Monseñor Helder Cámara, y a Monseñor Proaño y al Cardenal Arns del Brasil, cuando supieron que yo era el Arzobispo de San Salvador, me decían: «Ud. tiene mucho que contarnos, sepa que lo sabemos y que ese pueblo es admirable y que sigan siendo fieles al Evangelio como lo han sido hasta ahora…”

16 Febrero 1979

De esta “camada” grandiosa de obispos con su pueblo, dos llegaron al martirio dejando una estela impresionante de santidad : Monseñor Oscar Arnulfo Romero y el inolvidable monseñor Enrique Angelelli, obispo argentino, fallecido en un extraño accidente automovilístico el 04 de agosto de 1976.

Su caso es muy especial porque fue asesinado por cristianos y por todos estos detalles que señalamos, tales como las lecturas bíblicas de este preciso día. Volvamos al Evangelio.

El Dios de la vida nos dice que debemos morir para vivir, tal como Él lo hizo en la cruz. La muerte es parte de la vida. No hay vida eterna sin la fría muerte. El cristiano se prepara para ella, pues sabe que detrás de la muerte está Cristo mismo. Y si eres un cristiano auténtico, pues llevas una cruz a cuestas y llevarás la cruz hasta que te claven en ella. Monseñor tomó su cruz, y la llevó por Soyapango, el Paisnal, la chacra, Ilopango, Tres calles, Chalatenango, Arcatao, Sonzacate, la zacamil, Cuscatancingo, Guazapa. Por todos estos lugares anduvo, cargando la cruz en sus espaldas, pero este día, fue clavado en esa cruz, como su Maestro.

Estas lecturas bíblicas, leídas el mismo día de su sacrificio, son la certeza inequívoca de que monseñor Romero pertenece al santoral de la Iglesia, y que está pronto a ser recibido en la casa del Padre, como lo que fue: UN PROFETA, “UN OBISPO CON SU PUEBLO”.[3]

Esta es la Eucaristía inconclusa que marca la vida de un mártir excepcional… “cristianos” han asesinado a un Obispo en una Eucaristía… ¿incomprensible no? Una Eucaristía incompleta, algo raro en la historia, ¿Quién en su sano juicio tendría las agallas suficientes para cometer un magnicidio de esta dimensión e incluso llevarlo acabo en un templo y aún más en plena celebración Eucarística? Sí, hubo gente de estas dimensiones diabólicas, pero esta blasfemia, este sacrilegio no sería el único, ya que ocho días después en este mismo pedazo de país, otra Eucaristía se iba a interrumpir, como si no hubiera sido suficiente con la primera, pero esta vez, con masacre incluida, y todo aquí, en este país, en este pedazo de tierra que lleva el nombre del Divino Salvador.

Conociendo las lecturas de la liturgia… ¿Le queda a alguien duda de que fue el propio Cristo Jesús quien escogió este día para que Monseñor Romero hiciera su máxima ofrenda?

SU ASESINATO

EL LUGAR

Un sacerdote, un Arzobispo, un ministro de Dios que no muere en una cama tranquilo, ni muere de anciano, ni de una enfermedad terminal !!! MUERE ASESINADO¡¡¡ No caminando en la calle, ni en un accidente de tránsito. !!! MUERE ASESINADO¡¡¡ Es asesinado en un recinto de la Iglesia, no fue en una casa cualquiera, ni en un puente, ni en una escuela, sino en un edificio de la Iglesia, de las hermanas carmelitas, el lugar que había escogido como su casa y dentro del inmueble, la muerte lo va a buscar al templo porque sabe muy bien la muerte, que a un santo lo encontrará ahí, y no en otro lugar, en la compañía de Dios amándole, sirviéndole, y, la muerte no lo encontró en el atrio, ni en la cochera de una casa parroquial, sino, dentro del templo, y aún ya adentro, tampoco fue en las bancas del templo, ni en la sacristía… la muerte lo encontró, orando, rezando en la casa del Padre, cuando ejercía su ministerio para el cual había sido consagrado como sacerdote, obispo. ¿No hay una muerte más hermosa que esta? Al menos para un ministro de Dios… ¡¡¡No la hay!!!

Monseñor está de pie frente al altar y es aquí cuando la descarga alcanza su cuerpo, monseñor se desploma justamente detrás del Sagrado Altar, ese altar donde Cristo se convierte en Carne y Sangre para nosotros. El altar donde se llega al encuentro con el Señor. La cruz disfrazada de bala, llegó en su hora definitiva a este santo sacerdote, cuando estaba realizando el Gran Sacramento de nuestra Fe. Estaba uniéndose con el Señor. La Eucaristía que es el máximo punto de encuentro del hombre con su Dios. “…la Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana…” CIC[4] # 1,324

Monseñor estaba en el momento culmen de la vida del cristianismo. Y cuando es alcanzado por la bala asesina, se derrumba en el piso del altar, ahí, inmolándose por los pecados de los salvadoreños, y

cae a los pies de un enorme Cristo Crucificado, de madera, ahí está el Maestro, viendo al asesinado, viendo al asesino, ahí está el siervo, a sus pies, derramando su sangre. A los pies de su Dios, a quien ha servido por tantos años y ante el único Ser ante quien dobló su rodilla. “Con su sangre besó los pies del Maestro”[5], se convirtió en “la ofrenda” de ese día… y monseñor fue feliz. Me basta estar feliz y confiado, saber con seguridad que en Él está mi vida y mi muerte, que, a pesar de mis pecados, en El he puesto mi confianza y no quedaré confundido” 23 Febrero de 1980

SUS ÚLTIMAS PALABRAS

Reproducimos a continuación, las últimas palabras de monseñor Romero.

“… Que este Cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos aliente también a dar nuestro cuerpo al sufrimiento y  al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros… (a continuación, se escucha el disparo)” 24 de marzo de 1980, 6.10 pm

Es más que obvio, que las palabras de monseñor, no se refieren a él mismo. Habla de Jesús de Nazareth. Sus labios pronunciaban palabras para el Maestro. Toda su vida fue así: Hablaba del Maestro. Pero no es descabellado pensar que estas palabras también suenan muy fuerte, si se las aplicamos a él mismo. Es como si hablase de sí mismo, un monólogo, 20 segundos antes de su encuentro definitivo.

“que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres…” ¿No nos parece reconocer aquí unas palabras que describen su propio destino? Se aplican a aquel que despreció la seguridad personal que el Estado le ofrecía. El quería que dejasen de masacrar a su pueblo antes que darle seguridad a él.

“…Muchas gracias Señor Presidente, por escucharme. Pero también quiero agradecerle el haber ofrecido proporcionarme protección si yo se la solicitaba. Se lo agradezco pero quiero repetir aquí mi posición: de que no busco yo nunca mis ventajas personales, sino que busco el bien de mis sacerdotes y de mi pueblo… Quiero decir también, que antes de mi seguridad personal, yo quisiera seguridad y tranquilidad para 108 familias y desaparecidos…, para todos los que sufren. Un bienestar personal, una seguridad de mi vida no me interesa mientras mire en mi pueblo un sistema económico-social y político que tiende cada vez más a abrir esas diferencias sociales. Lo que yo quisiera del Supremo Gobierno, fuera un esfuerzo por garantizar esa verdadera paz que todos anhelamos pero que no se puede conseguir con represiones y con atropellos sino con justicia social, que es lo que más urge entre nosotros…”                                              14 enero 79

Que este sacrificio sirva… “para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo”. Monseñor, siempre pensando en el pueblo. Siempre fue su preocupación, su prioridad, y hasta en sus últimas palabras, ofreció su sangre por su pueblo. Tenía clara su misión, su destino, y así se lo dijo a José Calderón Salazar corresponsal en Guatemala del periódico mexicano Excelsior, una semana antes de su muerte[6] “…Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador… El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad. Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro” Febrero de 1980. Así fue monseñor. Su entrega, su sacrificio, fue por su pueblo. ¿¡Qué clase de pueblo seríamos nosotros si no reconocemos este magno sacrificio!?, ¿Qué clase de desagradecidos, egoístas y seres despreciables seríamos si no recordamos su legado, su martirio?. Los que reconocemos su sacrificio lo hacemos por justicia. Hijos mal nacidos de esta patria seríamos si lo condenáramos al olvido. !!!!!JAMAS!!!!!!

Monseñor vivirá para siempre en su pueblo agradecido. Personalmente, monseñor Romero vive en mi corazón y cuando yo muera, vivirá en el corazón de mis tres hijos, porque como padres, yo y mi esposa, les contaremos a nuestros hijos quién fue monseñor y jamás lo olvidarán.  

EL MOMENTO EXACTO DE SU ASESINATO

Es importante meternos en este segundo exacto, para así crearnos una imagen precisa de lo acontecido hace más de 30 años. Escuchar la homilía, su voz, el eco del templo, escuchar el disparo, gritos, desesperación, angustia. Es sorprendente saber que disponemos del audio original de las homilías de monseñor y más sorprendente aún, el saber que tenemos el audio original de esta Eucaristía, en la cual podemos escuchar hasta el ensordecedor disparo que le cegó la vida. Es un tesoro en nuestras manos.

Pero como en estas líneas no podemos reproducir los decibeles del disparo, recojamos un texto detallado y conmovedor del momento exacto de la detonación. El padre James Brockman lo relata de la siguiente manera.

“…unámonos pues  íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros”…En ese momento sonó un disparo. Monseñor Romero estaba parado detrás del altar, al lado izquierdo, mirando hacia la gente. Se cayó al piso detrás del altar, a los pies del gran crucifijo. Los presentes se quedaron atónitos por unos momentos, varias religiosas y algunas personas corrieron hacia él y lo voltearon sobre su espalda. Monseñor Romero estaba inconsciente, jadeando, le manaba sangre de la boca y de la nariz. La bala había entrado por el lado izquierdo del pecho, alojándose en una costilla en la espalda, al lado derecho. Debió estar ligeramente ladeado y un poco inclinado cuando lo alcanzó, quizá divisó al hombre con el rifle en la puerta posterior de la capilla una milésima de segundo antes del disparo y había empezado a echarse para atrás. Fragmentos del proyectil se esparcieron por su pecho, causándole una gran hemorragia interna…en cinco minutos descendieron por la calle, llegaron a la Policlínica Salvadoreña. Tendido en la mesa seguía jadeando ahogándose con su propia sangre, una religiosa de turno en emergencia trataba de encontrarle una vena para empezar una transfusión. Las venas se habían cerrado por falta de sangre. En pocos minutos, dejó de jadear. Estaba muerto…”[7]

Impactante descripción, estremecedor, conmovedor. Al menos a mí, me saca las lágrimas, mis agradecimientos y mi respeto para el padre James Brockman, autor del libro del que se tomó esa cita, no he encontrado mejor descripción que esa, para meterme en el momento preciso de su asesinato. Monseñor Romero prácticamente había terminado la pequeña homilía de ese día lunes. Estaba en las palabras finales, se disponía a dar fin a la pequeña homilía, cuando fue alcanzado por la “bala calibre 22 de alta velocidad”[8], que lo derrumbó hasta el piso, cayendo su cuerpo como peso muerto, pero aún respirando. Las religiosas y los “afortunados” presentes (qué daría yo por ser testigo de primera fila, del nacimiento de un mártir y un santo) debieron pasar momentos de terror al escuchar el disparo, que, con la acústica de un templo cristiano, su estruendo se escucha multiplicado, y un segundo después, ver el cuerpo del señor arzobispo golpeando el mármol y jadeando en el piso, como dice James Brockman, “ahogándose con su propia sangre”. Debió ser algo terrible, espantoso, la impotencia invadió sus cuerpos nerviosos, impotencia de no poder hacer nada, de no saber qué hacer. Lo que esta gente afortunada ignoraba, es que en ese preciso momento, estaba naciendo un mito, una leyenda, un gigante de acero, un inmortal, un hombre eterno, un profeta, un santo de altos quilates como muy pocos en la historia de la Iglesia de América latina. No sabían que habían sido testigos del nacimiento del primer santo de madera salvadoreña. “De la bala, nació el santo”, nos canta la Rumba a Monseñor Romero.

EL “OFERTORIO” DE SU ÚLTIMA MISA

Veamos otro detalle importante. Después de la homilía, sabemos que sigue el “ofertorio”. Después de la Liturgia de la Palabra, que finaliza con la oración de los fieles, inicia la segunda parte de la misa, la Liturgia Eucarística. Aquí, los que somos católicos practicantes, sabemos que es la parte de la misa en donde el ser humano realiza los ofrecimientos a Dios. En muchas parroquias, se aprovecha este momento para ofrecer un cuadro, una flor, unos granos de maíz, una corbata, una planta… cualquier cosa, regalos sencillos. Como fruto del trabajo del hombre. Siempre al final, se ofrecen las especies sagradas, el pan y el vino que posteriormente se convertirán en lo más sagrado que tenemos los católicos, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

En esta Eucaristía, monseñor se disponía a pasar al ofertorio, a “ofrecer” los “regalos”, los “dones” a Dios… y en ese preciso momento, en ese justo momento, cae herido de muerte. Al parecer, estaba pronunciando las últimas palabras de la homilía. Al mismo tiempo que las pronunciaba, había iniciado a coger con sus manos el copón con las hostias sin consagrar, al menos sus dedos, quizá tocaban la tapadera del copón. Las dos cosas al mismo tiempo, terminando la homilía, iniciando el ofertorio, la transición entre una y otra. Cayó detrás del altar, a los pies de un gran crucifijo, un gran Cristo clavado en una cruz. Su sangre se regó en el piso de mármol. “…después del disparo, monseñor agarró con su mano el mantel del altar, cuando cayó al suelo, algunas hostias sin consagrar cayeron al piso… se empaparon con su sangre… en el piso estaban tirados el cuerpo de monseñor y las hostias…” Relato de Sor María Luz Cuevas, una religiosa del HospitalitoLa Divina Providencia que presenció el asesinato. Las fotografías tomadas ese preciso día, un detalle también digno de analizar, por un fotógrafo que casualmente (casualmente enviado por Dios) estaba presente, muestran que el cáliz está perfectamente parado, con el corporal, el purificador y la patena, también se ven las vinajeras en el altar y en ninguna fotografía se alcanza a ver ni una hostia. Seguramente, cuando monseñor cayó, alguna hostia sin consagrar se fue con él, ya que el mantel se alcanza a ver ligeramente arrugado, señal de que fue halado, obviamente por monseñor, y muy probablemente en esta acción, aunque no todas, alguna hostia sin consagrar cayó al suelo. Esto fue, muy probablemente lo que la Hna. Lucita presenció.

El ofertorio de este día, no fue un cuadro, ni una flor, ni un grano de café, ni siquiera el pan y el vino. El ofertorio fue la vida y la sangre de monseñor.  El fue la víctima Eucarística. Las hostias cayeron al piso y se inundaron de su sangre.

¿Habrá una muerte más bella para un sacerdote? ¿No es así como deberían de morir todos nuestros sacerdotes y obispos? Murió haciendo lo que había hecho toda su vida. Murió en el altar. Ahí donde está Cristo. Fue un detalle impresionante de nuestro Señor, permitirle morir de esa forma, y aún así, hay “cristianos” e incluso prelados[9], que se niegan a creer, que sea un auténtico martirio. Si monseñor Romero no es un mártir…. ¿quién lo será?

Para Monseñor fue el momento más hermoso, el momento más sagrado, el más sublime, para entregar la vida a su Señor.

Por el contrario, para el asesino, fue el peor momento de cometer un crimen, infame, vil, cobarde. Escogió el momento más sacrílego, más profano. ¡Qué contraste más grande! Es que “Todo ocurre para bien de los que le aman” Rom 8 28. Así hace las cosas Dios, estos hechos son misterios insondables para nosotros los mortales, pero que Él, sí sabe cómo darles sentido para que sirvan a nuestras vidas. Dios transforma un hecho cobarde en todo un acontecimiento cargado de amor y fidelidad. Solo el Padre sabe hacer estas cosas. Su sabiduría es infinita.

A monseñor le combatieron sus ideas, sus denuncias, su protesta, su indignación, sus palabras… CON BALAS, así le combatieron, así le respondieron. Para el que haló el gatillo, pobre hombre, escogió el momento más profano y más sagrado, más sublime y más vil, más precioso y más cobarde, para derramar sangre inocente, la sangre del profeta, la sangre del hijo más valioso que ha dado la República de El Salvador al mundo, en toda su historia. Deberá pagar (o está pagando) su sacrílega, blasfema y profana acción, y de esa justicia… no escapará.

Increíblemente Monseñor ya le perdonó (y digo “increíblemente” por el simple hecho de que Monseñor ya se había anticipado a este hecho). “…Puede usted decir, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá, sí, se convencieran que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás.” Febrero de 1980.

Es que como cristiano, buscó, enseñó y predicó el perdón. La ignorancia disfrazada de salvadoreños dice : “predicó la violencia, la maldad”, “fue él, el causante de la guerra”. Nada más alejado de la realidad de quien siempre sembró la paz. “Quien sabe si las manos criminales que cayeron ya en la excomunión están escuchando en un radio allá en su escondrijo, en su conciencia esta palabra, queremos decirles hermanos criminales que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos los que se le quieren declarar, pero ella los ama y muere como Cristo: perdónales Padre, porque no saben lo que hacen”[10]

EL CERTERO DISPARO

Fue un tan solo disparo el que acabó con la vida del arzobispo. Un intento, un disparo, una bala, una explosión, un hombre asesinado. Efectividad 100%. Es indiscutible e irrebatible, que el asesino fue un experto, un especialista, una autoridad en el tema del “cómo asesinar con eficacia”. Un mercenario a sueldo contactado por el señor d’abuisson[11]. Fue bien escogido.

Imaginemos unos segundos antes del disparo. El vehículo parqueado frente a la capilla. El sujeto está dentro del vehículo, sentado, apoyando el arma en sus manos y sus brazos, quizá, apoyados en la base de la ventana del automóvil. Está quieto, en silencio, concentrado, apuntando desde la parte frontal de la capilla. Desde ahí hasta el altar habrán aproximadamente unos 30 – 40 metros. Monseñor al final de la línea, con la casulla morada cubriendo su cuerpo. Si somos detallistas, la forma y el tamaño de la casulla, disimula en alguna medida, la figura exacta del cuerpo humano, pues la casulla es una sola pieza de tela, desde ambas muñecas hasta el cuello, desde el cuello hasta las rodillas, sin embargo, el asesino supo delinear exactamente el cuerpo de monseñor y saber dónde apuntar. La bala atraviesa su pecho, a milímetros de su corazón. Fue exacto, justo, preciso. Nadie sabe con seguridad la identidad del que disparó el arma. Solamente se sabe que era un sujeto con barba. 

“el ex mayor d’abuisson ordenó que se hiciese (el asesinato de monseñor),  y responsabilizó al ex capitán saravia del operativo. Al observar que se requería un francotirador, el capitán ávila afirmó que él se encargaría de contactarlo… contactaron a un hombre de barba… el ex mayor d’abuisson ordenó la entrega de 1,000 colones a walter antonio “musa” álvarez, quien junto con el asesino de barba, recibió el pago correspondiente…”[12]

1,000 colones ($114.29). Ese fue el pago. No se sabe si recibió otro pago adicional. Sea como sea, recibió un dinero maldito. Dinero por la sangre de un justo. Como podemos observar, esta es otra analogía con la vida de Jesús. “…y (judas) devolvió las 30 monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y judíos…” Mt 27 3

30 monedas de plata para quitarlo del camino. 2,000 años después, 1,000 colones para alcanzar el mismo objetivo. ¿Cree usted que monseñor se parece a Jesús de Nazareth?

ROBERTO CAMPOS

MARZO DE 2013

SEPTIEMBRE DE 2014


[1] Hace poco tiempo, en el año 2016, escuché de boca de Monseñor Gregorio Rosa Chávez, de que las lecturas del día eran otras, pero que monseñor Romero, por alguna razón, las cambió.

[2] La palabra queda. James Brockman, pág. 339

[3] P.  Jon Sobrino

[4] Catecismo de la Iglesia Católica

[5] Roberto Campos

[6] Una entrevista que se ha puesto en duda. Particularmente, el biógrafo de monseñor Romero, Roberto Morozzo della Rocca, argumenta que esta entrevista nunca sucedió. Más adelante podremos contra argumentar la opinión de Morozzo.

[7] La palabra queda, James Brockman, pág. 340

[8] Informe de la Comisión de la Verdad. Asesinatos de los escuadrones de la muerte.

[9] Por ejemplo el Cardenal Antonio María Rouco Varela, Obispo emérito de Madrid, España, quien dijo que la beatificación de monseñor Romero, era una “beatificación política” y solicitó a los obispos españoles que no vinieran a la beatificación. Los obispos españoles, acataron la solicitud del cardenal.

[10] Lunes 14 de marzo de 1977, homilía en el funeral del P. Rutilio Grande.

[11] Los nombres de las cosas, animales, traidores, tiranos y asesinos se escriben con minúscula

[12] Informe de la Comisión de la Verdad. Asesinatos de los escuadrones de la muerte. Caso ilustrativo: Monseñor Romero

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