LOS SIGNOS DE SU SANTIDAD
LA ÚNICA Y MONUMENTAL EQUIVOCACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO
Algo que caracteriza a monseñor Romero es la lucidez para juzgar las complejas situaciones que le tocó vivir. Esta lucidez le llevaba a la verdad y esta verdad hace que se le conozca como un profeta. Anunció el reino de Dios, y denunció el pecado que está en contra del reino de Dios. Fue certero en su juicio. Pero, por insólito que parezca, no en todo acertó monseñor Romero, no en todo, no hay que sorprenderse, era un ser humano y tenía derecho a equivocarse.
En cierta ocasión dijo unas palabras en las cuales se “equivocó” terriblemente.
15 días antes de su asesinato, José Calderón Salazar corresponsal en Guatemala del periódico mexicano Excelsior, le hizo una famosa entrevista[1] en la cual dijo una frase que perdurará por siempre. “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño…”[2]
El arzobispo era consciente de que era odiado por muchos, pero también sabía que era respetado por otra parte de salvadoreños, y era esa parte la que él llamaba “la Iglesia”, de quienes esperaba obediencia, amor y respeto
“…Y cuando yo como Pastor me dirijo al Pueblo de Dios, no pretendo yo ser un maestro de todo El Salvador sino que soy el servidor de un núcleo que se llama “la Iglesia”, la Arquidiócesis, los que quieren servir a Cristo y reconocen en el obispo, al maestro que en nombre de Cristo les habla. De ellos espero respeto, obediencia, con ellos me siento tan unido y no me extraña que los que no son Iglesia, aunque estén dentro de la Iglesia, me critiquen, me murmuren, me deshagan… Esos, ya no son Pueblo de Dios; aún en el Nuevo Testamento aunque estén bautizados, aunque vengan a misa, si no se unen solidariamente con las enseñanzas exigentes del Evangelio…” 23 Marzo 1980
Palabras muy duras a aquellos que se creían a sí mismos “cristianos” pero que no aceptaban las reflexiones de este pastor, respecto a la aplicación del evangelio en las circunstancias reales y concretas de esa porción del reino de Dios. Monseñor creía entonces que, si las amenazas se cumplieran y muriera físicamente, este “pequeño” grupo de salvadoreños no le dejarían morir en la eternidad, sino que recogerían su legado. “La palabra queda y este es el gran consuelo del que predica, mi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido recoger. 17 Diciembre 1978
Sin embargo, monseñor creía que únicamente el pueblo salvadoreño recordaría su testimonio de amor. ¡Esa fue su enorme equivocación! Ese fue su terrible desacierto. Fue un fallo monumental. Su humildad no le permitía entender que su testimonio rebasaría las fronteras físicas, imaginarias e ideológicas, credos, razas. Su sencillez le imposibilitaba comprender que le pondrían en lo más alto de la Iglesia a la cual servía. Ignoraba totalmente que, con el pasar de los años, iba a ser considerado como un “Maestro de espiritualidad”[3]. En esos momentos él era “fusilado” diariamente, culpándolo de todo lo malo que sucedía en El Salvador, “…Yo fui objeto de muchas acusaciones falsas, de parte de los obispos. Se me dijo que yo tenía una predicación subversiva y violenta…. Y otra serie de acusaciones calumniosas y falsas a las cuales preferí no contestar. Ha sido un día amargado por esta circunstancia…” Diario personal, 03 Abril 1978
Jamás pensó que en el futuro, se le llegaría a comprender exactamente, su difícil misión de predicar el Evangelio. Es que monseñor “era cobarde y lo sabía, era profeta y no lo sabía”[4]. Monseñor Romero no resucitó “solo” en el pueblo salvadoreño, ¡¡¡Qué va!!! Sino en toda Centroamérica, en toda Latinoamérica, en el mundo entero. La capillita donde fue asesinado, la casita donde vivió sus tres años de arzobispado y el sótano de la catedral donde descansan sus restos mortales, se han convertido en lugares santos, visitados por innumerables personas. Llegan hermanos de todos lugares, guatemaltecos, hondureños, nicaragüenses, paraguayos, venezolanos, brasileños, chilenos, argentinos, españoles, mexicanos, norteamericanos, noruegos, alemanes, nigerianos, australianos, austriacos, italianos, etc. Llegan católicos, protestantes, ateos. Llegan pobres, ricos, políticos, mandatarios, campesinos, ministros, amas de casa, blancos, negros, amarillos. El Santo Padre ha orado de rodillas dos veces ante sus restos. Todos llegan a ver su mausoleo, a ver al menos sus sagrados restos. Algunos a derramar una lágrima por el pastor que les defendió, otros a enseñar a sus hijos quién es monseñor Romero. Otros llegan a pedir perdón, pues en el pasado no comprendían la misión de monseñor y le insultaron. Año con año, miles de personas visitan sus restos, para estar cerca del Santo de América. Este es el recuerdo de las personas naturales, los seres humanos, pero también se le recuerda en instituciones de nivel mundial. Las Naciones Unidas, al conocer la labor pastoral y la encarnizada defensa de los derechos humanos que realizó monseñor Romero, han decretado el 24 de marzo de cada año, como el “Día Internacional para el Derecho a la Verdad en relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y para la Dignidad de las Víctimas”, cuyo propósito textualmente lo redactan de la siguiente manera.
- Reconociendo en particular la importante y valiosa labor de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, de El Salvador, quien se consagró activamente a la promoción y protección de los derechos humanos en su país, labor que fue reconocida internacionalmente a través de sus mensajes en los que denunció violaciones de los derechos humanos de las poblaciones más vulnerables
- Reconociendo los valores de Monseñor Romero y su dedicación al servicio de la humanidad, en el contexto de conflictos armados, como humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano, sus llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado, que en definitiva le costaron la vida el 24 de marzo de 1980[5]
¡Hasta las Naciones Unidas reconocen su testimonio! Un día mundial en honor a monseñor. No lo buscó, pero lo encontró. A más de 30 años de su martirio, su vida y su testimonio son recordados en el mundo entero.
Monseñor Romero, con muchísima alegría te podemos corregir, no solo tu pueblo salvadoreño ha recogido tu palabra, sino los 5 continentes.
No has resucitado en el pueblo salvadoreño, sino en el mundo entero. Con una alegre tristeza podemos decir, que Monseñor Romero, ya no es nuestro… es del mundo entero.
El mundo entero le rinde tributo. Pobre monseñor, no sabía que era un profeta mundial.
EL RECUERDO DE MONSEÑOR ROMERO


Boulevard Cinta Costera, Panamá Clínica Mons. Romero, Los Angeles


Aquí estará la estatua de Plaza Monseñor Romero, UCA
monseñor Romero. Italia Managua, Nicaragua


Abadía de Westminster Parque Mac Arthur
Londres, Inglaterra Los Angeles, EEUU

Monseñor Romero en El Salvador
LA VOZ DE LOS SIN VOZ
Siempre nos han dicho que la democracia, es “libertad” y “respeto”, y que el capitalismo va de la mano con la democracia. Por tanto, la tal democracia “es buena”… y el capitalismo, “también lo es”. El tal “Estado de derecho” que muchos políticos pronuncian, en estos Estados capitalistas, diz que democráticos, no es más que una burda falacia. La famosa “libertad de expresión” que los capitalistas a diferencia de los comunistas tienen, no se aplicó a los países de Latinoamérica. Suprimieron la tal “libertad” a costa de sangre y fuego, la Iglesia como fiel vigilante de la historia lo señala, específicamente el Papa Juan XXIII cuando dice “…Tan triste situación demuestra que los gobernantes de ciertas naciones restringen excesivamente los límites de la justa libertad, dentro de los cuales es lícito al ciudadano vivir con decoro una vida humana. Más aún: en tales naciones, a veces, hasta el derecho mismo a la libertad se somete a discusión o incluso queda totalmente suprimido. Cuando esto sucede, todo el recto orden de la sociedad civil se subvierte; porque la autoridad pública está destinada, por su propia naturaleza, a asegurar el bien de la comunidad, cuyo deber principal es reconocer el ámbito justo de la libertad y salvaguardar santamente sus derechos…”[6]
Aquí fue suprimida esa tal “libertad”, para hablar, para caminar, para pensar diferente. En El Salvador de los años ochentas, nadie podía decir lo que pensaba acerca de todo lo que pasaba, esperando salir ileso. En los años setentas y principios de los ochentas, tocar temas como la reforma agraria, el BPR, FAPU, Monseñor Romero, el P. Rutilio Grande, criticar a los militares, la Junta “revolucionaria” de gobierno, escuchar una simple canción de los Guaraguao, mirar siquiera a los ojos a un militar, era espinoso, y traía consigo la muerte. Hasta hablar del Evangelio era peligroso. Todo era comunista y subversivo, así lo comprendió el Padre Rutilio Grande, San Rutilio, el “precursor”, mucho antes que monseñor Romero.
“… Queridos hermanos y amigos, me doy perfecta cuenta que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán cruzar las fronteras. Sólo nos llegarán las cubiertas, ya que todas las páginas son subversivas, contra el pecado, se entiende… yo me temo que si Jesús entrara por las fronteras, allá por Chalatenango, no lo dejarían pasar. Por ahí por Apopa lo detendrían. Quién sabe si llegase a Apopa : ¿Verdad? Mejor dicho por Guazapa. Se lo llevarían a muchas Juntas Supremas por inconstitucional y subversivo… lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, con ideas extrañas a la democracia, es decir contrarias a la minoría… lo volverían a crucificar y ojalá que me libre Dios a mí, que también estaría en la colada de crucificadores” Padre Rutilio Grande
“…También lamentamos al atropello que, en Talnique, hizo la Guardia Nacional a la niña Elvira Fuentes y a sus hijos, buscando dos catequistas. Y al encontrar la Biblia y dos textos de Medellín, se los incautaron y dijeron que era el cuerpo del delito…” 03 Septiembre 1978

Cadáveres en El Playón, La Libertad
Como se puede observar, hasta el Magisterio de la Iglesia era delito. Si hacías cualquiera de estas cosas y el aparato militar represivo se enteraba, esa misma noche eras sacado de tu casa por los escuadrones de la muerte y el siguiente día, aparecías decapitado en el playón “…En El Paisnal, dos campesinos asesinados: Roberto Saracay y Santos García Molina. Después de haberlos sacado a media noche y golpearlos, aparecen muertos…” 02 Julio 78
Para que el lector extranjero comprenda, se conocía como “el playón” a una gran extensión de terreno, más o menos unos 20 Km², cerca de Quezaltepeque, cubierta por piedra negra volcánica, producto de una erupción volcánica del siglo XVII, que es muy desolada y donde hay poca vegetación y nada de presencia humana, ahí iban a tirar los cadáveres de los asesinados o donde los iban a asesinar con total impunidad. Hay fotografías grotescas de estos cuerpos devorados por zopilotes[7]. Era fácil hacer esto ya que era una gran extensión de terreno, en la carretera, sin ningún tipo de vigilancia (y aunque hubiera habido vigilancia, eran precisamente los cuerpos estatales quienes hacían esos macabros trabajos), ni casas alrededor, ni siquiera árboles, solo la extensión cubierta de piedra negra. Nadie podía expresarse con libertad sin esperar la muerte, aunque vivíamos en un país “democrático” donde se suponía que había “libertad de expresión”.
Muy lejana resuena la voz del Papa León XIII, cuando decía “…los gobernantes han de defender la sociedad y sus distintas clases…”[8], estos gobernantes debían defender al ser humano, que es en definitiva, la razón de ser “patria”, estos gobernantes, habían traicionado la voluntad de Dios, que es ver felices a sus hijos, pero monseñor Romero lo denunciaba con valor.
“…los derechos fundamentales del hombre salvadoreño son pisoteados día a día, sin que ninguna institución denuncie los atropellos, y proceda sincera y efectivamente a un saneamiento en los procedimientos…” 14 Mayo 1978
La Iglesia católica, por medio de los sacerdotes, religiosas, y entre ellos sobresalía Monseñor Romero, asumió el evangélico, pero peligroso y delicado papel de denunciar los atropellos a las mayorías. Debido a ello, se ganó el título de “la voz de los sin voz” de parte de los cristianos y el de “comunista” de los cristianos hipócritas. Monseñor era la voz de aquellos que les estaba negada la expresión libre, era el altavoz de todos los oprimidos y por eso, porque lo expresaba con claridad, fuerza y públicamente (como dice monseñor Urioste, fiel amigo de monseñor Romero), “fue el hombre más amado y más odiado de El Salvador”. Nadie expresa tan bien esta situación como don Helder Cámara[9]
“Cuando doy pan a los pobres me llaman santo, pero cuando pregunto por qué no tienen qué comer, me llaman comunista”
Monseñor pudo, al menos por 3 años, denunciar lo que sucedía en El Salvador, aunque con el temor del secuestro o el asesinato, claro, al final hasta él sucumbió ante esta suerte de los pobres, pero durante este tiempo, supo denunciar todos los atropellos. Muchos cristianos murieron sin dejar rastros de lo que les sucedió, no se sabe dónde fueron torturados, asesinados y sepultados, son los “desaparecidos”. De monseñor sí sabemos con certeza dónde y cómo fue asesinado, también sabemos dónde están sepultados sus restos, por eso, si en vida fue “la voz de los sin voz”, ahora, después de su asesinato, monseñor es “el nombre de los que no tienen nombre”, ya que representa a todos aquellos “desaparecidos”, porque hay una lápida con su nombre escrito en ella. Los que una vez sacaron los escuadrones de la muerte y jamás se supo de ellos, que no fueron encontrados en las calles ni en el playón, simplemente: desaparecieron.
LA TRANSFORMACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO
Algo extraño, especial y sorprendente pasaba a diario con monseñor Romero, pero ese cambio sucedía principalmente los domingos, en sus misas dominicales. Monseñor siempre fue un hombre tímido, reservado, al conversar con él, se le identificaba y se le escuchaba como un cristiano común y corriente, sabio, recatado, humilde, pero nada fuera de lo normal, pero había una puerta celestial y divina que él traspasaba los domingos. Esta puerta estaba entre la sacristía y el altar de su catedral. Cuando se revestía con las sagradas vestimentas sacerdotales, sin saberlo, él atravesaba esa puerta misteriosa que lo transformaba en otro hombre. Cuando la Eucaristía iniciaba, su palabra era cátedra, de fuego, se transformaba en otro ser… EL PROFETA.
Así era Monseñor. El sujeto tímido en su mirada, tímido en su hablar cotidiano, que entrelazaba sus manos como signo de paz personal, temeroso de ofender sin quererlo, que le huía al conflicto, que no deseaba sobresaltos. El anciano de 60 años, que rogaba paz y tranquilidad en su edad de plata. El personaje que a todos pedía opinión, el que a veces se encontraba en un callejón sin salida, el que escuchaba a todos antes de tomar una decisión, el personaje que se sentía presionado de todos lados, por el gobierno, la Iglesia, la guerrilla, sus comunidades, sus sacerdotes, los seminaristas, el gobierno de los EEUU, la Conferencia Episcopal, al que todos sus hermanos obispos acusaban de ser el responsable de los males de El Salvador. Todo esto le creaba grandes, enormes presiones e incertidumbres permanentemente, pero las resolvía de una sola manera, era su arma letal, su arma infalible. !!!DE RODILLAS, FRENTE AL SANTISIMO SACRAMENTO DEL ALTAR¡¡¡
Sí. Cuando su espalda se encontraba cargada de tantos problemas, iba a pedirle instrucciones al Jefe, para que le señalara el camino correcto. Ahí, arrodillado solicitaba luz y discernimiento para poder dar respuesta a los acontecimientos de la patria, los cuales eran complejos, delicados y numerosos.
ME ENTRÓ EL GUSANITO DE SER CURA.
Me lo metieron en el cuerpo aquellas homilías de Monseñor Romero, que las escuchabas y te encendían. A mí me ponían a todo mil[10]. -Esto de cura es demasiado para vos, ¡para vos que sos un mundano vago! -me decía Chepito-. Pero luego escuchaba otra homilía, con aquellas denuncias tan vergonas[11] y me volvía la onda de meterme yo a ser cura. Para lanzar yo también algún día las grandes palabreadas contra los ricos y contra tanta injusticia y tanto atropello ¡y cambiar todo El Salvador y hacer un país sin ni un solo pobre, pues! Cada homilía que le escuchaba a Monseñor, con aquella su fuerza, me convencía más el hombre. Llegar a ser un cura así, valiente, como él, era lo máximo que yo me podía imaginar en el universo mundo. ¡Así que me voy! -¡¿Te vas?! Me fui. Agarré mis tanates[12] y le dije hasta más nunca a la escuela de agricultura dirigida por militares en donde estudiaba becado. Y me metí al seminario. Me aceptaron por el entusiasmo y empecé a probar. En la mañana nos tocaba hacer aseo de aquel gran edificio. Nos ponían a barrer con las grandes escobas y con unos trapeadores inmensos y había que sacarle brillo a aquellos corredores largos como vías de tren. Un día iba yo con ese gran trapeador ¡ssssss! para allá, ¡sssss! para acá, chaineando[13] el corredor que pasa frente a la capillita en el piso de arriba, y al pasar miré que tan temprano ya había un cura rezando en las primeras bancas. Íngrimo estaba, de rodillas. Seguí por el corredor, ¡fan! para acá, ¡fan! para allá, y al rato, que ya casi lo tenía pulido, aquel hombre todavía rezando. ¡Y ni se mueve el maje[14]! Agarré para otro corredor y ya le tenía sacado el brillo cuando volví a asomarme a la capilla. ¡Ahí hincado! ¿Y qué hará rezando tanto ese curita, pues? Pasó otro cuarto de hora y comprobé que ahí proseguía. ¿Y qué tanto rezo? ¿Y es que con tanto burumbumbún[15] que hay en este país solo va a ser rezar? ¡Que aprenda ese rezador de Monseñor Romero, que tiene fuego en el corazón y en las palabras y que no anda perdiendo el tiempo! ¿O es que no oyó la canción, que no basta rezar[16]? ¡Pues que oiga las homilías! Yo arrecho[17] con aquel rezador desconocido. Si no sale, me meto ya a trapear la capilla. Por el aseo y por ver si es que andaba dormido. Por fin entré. ¡Ssssss! para acá, ¡ssssss! para allá, sacando brillo con el trapeador. Quería agarrar al tipo para contarles a los demás en el desayuno. Trapeador arriba, trapeador abajo, me fui acercando a aquel totoposte[18]… Lo miré de abajo a arriba: era Monseñor Romero. Ni se movió. Y cuando me salí de la capilla, siguió hincado, rezando. Salí con la masa desinflada y el trapeador al hombro, como una escopeta ya sin pólvora.
Juan José Ramírez[19]
De ahí, de estar arrodillado, salía directo al altar, a pronunciar sus homilías, y ahí… era otra historia. Aquel hombre tímido y calculador, humilde y temeroso, sufría una transformación de dimensiones formidables. Se convertía en un hombre totalmente diferente. Su personalidad se agigantaba. Su palabra ya no era tímida, era una palabra quemante, de fuego, cargada de verdad, de seguridad, de esperanza, de una lucidez tal, que impactaba a quien le escuchaba, de una valentía tal que movía a las lagrimas, movía al orgullo de tener un obispo así, pero esto no extrañaba, pues ya había sucedido antes… ya estaba profetizado, al menos los cristianos ya sabíamos que esto ya había pasado.
“…¿De dónde tiene éste está sabiduría y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María? ¿No están sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde, tiene pues, éste todas estas cosas? Mt 13 54 – 56
Este fenómeno no pasaba desapercibido por su pueblo. Intuyendo que este arzobispo hablaba por inspiración del Espíritu Santo, la gente se agolpaba a escucharle.
“…Su misma presencia que llena la Catedral para mí es un motivo poderoso de estímulo y pensar que junto a esta muchedumbre de la Catedral que expresa atenta su aceptación, muchas comunidades en parroquias, en sus campanarios, ponen las bocinas para que el pueblo oiga, o en ermitas humildes, reunidos en comunidad, meditan después, la graban y se quedan meditando qué más pueden aprender de lo que oyeron…” 04 Diciembre 1977
“…Se me preguntó en Roma si no me parecían muy largas mis predicaciones. «Soy el primero en sentirlo -les decía yo-, pero cuando yo veo un pueblo atento a mi palabra, yo aprovecho los minutos. Y yo agradezco a mi pueblo que me escucha. Y cuando sé que más allá de la multitud de Catedral, la radio casi monopoliza el auditorio a esta hora, estoy seguro de que el Espíritu de Dios en mis pobres palabras está llevando la revelación, el mensaje del Evangelio…” 02 Julio 1978
“… la radio monopoliza el auditorio”. Exacto. Los domingos a las 8 am, no existía otra radio, más que la YSAX, las demás radios salvadoreñas podían perfectamente salir del aire, ya que nadie se daría cuenta. Todo salvadoreño a las 8 am, encendía la radio y sintonizaba las ondas radiales de la YSAX para escuchar la misa de monseñor Romero. Así es el pueblo, intuye la cercana santidad de Dios. Sus homilías eran tan especiales que incluso en esos días sobrepasaron las fronteras.
“…Me llevé la grata sorpresa de que estas modestas homilías también son escuchadas, enviadas por grabaciones allá en México y en otros lugares de nuestro continente…” 05 Febrero 1978
Su palabra era escuchada en los mercados, en las fábricas, en los cuarteles, hasta el presidente de la república no se las perdía.
“…Quiero agradecer las múltiples manifestaciones de solidaridad que me han llegado con motivo de lo que dije el domingo pasado: de cierta noticia de peligro contra mi vida. Yo no le quisiera dar más importancia a este asunto, porque estamos en las manos de Dios. Quiero agradecer también al Sr. Presidente de la República, desde luego, la atención de escuchar mis homilías. Porque dicen que cuando los periodistas le preguntaron si sabía de esta amenaza, dijo que lo había sabido por escucharlo en mi homilía. Muchas gracias Señor Presidente, por escucharme…” 14 Enero 1979
En su catedral, inundaban los aplausos de gozo, su palabra de esperanza, movía en esos tiempos tan difíciles a seguir trabajando por el reino de Dios, su palabra de denuncia era tal, que todos le temían, el peso de verse señalado por monseñor en una homilía era insoportable.
… De ahí, corriendo donde Monseñor bien afligidas:
-Si en su homilía algo pudiera decir usted…
Y cabal, el domingo Monseñor Romero sacó todo el caso en la misa de Catedral y responsabilizó al Juez Atilio de lo que le pasara a nuestros muchachos. O sea, que el mundo entero lo oyó. El lunes volvimos las dos madres donde Atilio.
-Venimos a que nos diga de una vez dónde están nuestros hijos. Porque ya todo mundo sabe que usted es el responsable.
-¡Cuál todo mundo!
-¿Usted es sordo? ¿Usted no escucha radio? La palabra de Monseñor Romero es como abeja. Lleva miel, pero también lleva aguijón. ¡Y ayer lo picó a usted!
¡Babosadas! -dijo el juez molesto, pero bien sabía él de lo que le hablábamos.
Ahí mismo llamó por teléfono, tal vez al Coronel encargado de las cárceles.
-Mirá, aquí están las nanas de Amaya Villalobos y de Blandino Nerio queriendo saber de ellos.
Puede que el otro se le negara.
-¡Vos me vas a decir dónde están, carajo! ¿Y es que no oíste ayer la homilía de Monseñor Romero cachimbeándome[20]?
Estuvieron en la gran averiguata[21]. Y él colgó.
-Ya les voy a dar una orden para que vayan donde están
Según el papel que nos dio, mi hijo estaba en Sensuntepeque y Blandino en Cojutepeque. Las dos madres salimos, una para un lado y la otra para el otro
Cuando llegué a la cárcel con la orden, un guardia me llevó bajando gradas y gradas por unos lados que eran bien apartados de la cárcel pública y al fin me metió a un lugar, como que si fuera cárcel clandestina, que era donde tenían a mi muchacho. ¡Ay, que dicha abrazarlo!
-Mamá, yo sabía que ustedes nos iban a encontrar.
-Nosotras te buscamos, hijo, pero el que te encontró fue Monseñor Romero. Sin la palabra suya, ¡mentira que aparecías!
Alba Villalobos[22]
Tal como lo indica este testimonio, solo con su palabra, monseñor Romero encontró a muchos secuestrados.
Su personalidad crecía, aunque ni él sabía por qué sucedía esto. El espíritu de monseñor se elevaba a descubrir y entender cosas insondables que están ocultas para los demás mortales, para nosotros, los mediocres. El subía, las entendía y bajaba y las explicaba al pueblo, en ese momento, nunca nadie supo de dónde tomaba esta sabiduría y fuerza. Ahora todos sabemos que la relación entre el obispo y su Dios, era íntima, ahora todos sabemos que esa transformación, era fruto de sus horas hincado frente al Santísimo, ese era el misterio (ahora resuelto) de su sorprendente transformación.
¿Qué le pareció la homilía?
Esa pregunta era clásica en Monseñor Romero, el lunes más que todo. Me la hacía a mí, a sus secretarias, a don Eduardito, al chofer, a la señora del cafetín, ¡a quien fuera y asomara, que opinara!
-¿Qué le pareció, pues?
-Para mi gusto un poco larga, Monseñor, ¡pero tan linda!
-¿Ah, la sintió larga? Pero la gente allí se miraba bien contenta.
-No lo dudo, pero piense que una cosa es en Catedral, pero si estoy en casa y tengo algo que hacer, no me queda de otra que apagar el radio…
En las reuniones que teníamos con él yo lo había observado siempre tan humilde, tan sin imponernos nada, a veces como tan dependiendo de nosotros, que un día en que me preguntaba de la homilía, se lo solté.
-Tan calmado que yo lo veo, Monseñor, y cuando después lo oigo en Catedral, siento que usted cambia totalmente. Hasta en la entonación de la voz. Una seguridad, una fuerza ¡y no creo que sea efecto del micrófono!
-¿Usted lo siente así?
-Mire, es como si usted fuera dos personas: la de todos los días y la de las homilías de Catedral.
Se quedó pensándosela, se rascó aquel su pelo tan cortito que llevaba y me dijo:
-Fíjese que ya varias personas me han dicho eso mismo.
Coralia Godoy[23]
LAS SEÑALES CELESTIALES QUE RECIBIÓ MONSEÑOR ROMERO
Leyó el Evangelio de Cristo. Pero Jesús le reclama en la vida cotidiana, en lo más elemental. “A Dios no le ha visto en la zarza ardiendo, en visiones sensacionales ni en éxtasis celestiales. Sencillamente siente que le acompaña en la vida de cada día y que le interpela”[24] (como Moisés), no le vio caminando entre las aguas (como Pedro). Tampoco se le apareció en forma de niño (como a San Antonio de Padua) para decirle “defiende a mi pueblo”. No levitaba cuando oraba (como San Martin de Porres). No tuvo sueños misteriosos (como Don Bosco). Monseñor Romero no vio serafines de fuego (como San Francisco de Asís, Pedro y Pablo), ni a los ángeles de la guarda (como San Pio de Pietrelcina), tampoco vio al mar abriéndose ante sus ojos…
Monseñor Romero solo caminaba por las calles de San Salvador y lo que veía eran los cadáveres esparcidos, mutilados con lujo de barbarie, de campesinos, obreros y estudiantes, por eso, él mismo dirá que su ministerio era “recogiendo muertos”. Vio al Cristo sufriente en los conflictos laborales de los hombres, en las tomas de Iglesias, embajadas, en los secuestros. Aplicó el Evangelio en los pobres, en los campesinos, en el soldado, en el guerrillero, en el obrero, el empresario, la ama de casa, la estudiante, el mutilado, el secuestrado, el asesinado. Su realidad le hizo preguntarse por el cristianismo que profesaba. Los grandes santos, debido a su santidad, a su intimidad con Dios, tienen experiencias divinas, sobre naturales y eternas con Cristo Jesús… en el caso de monseñor Romero, es un poco extraño. No vivió sucesos celestiales. Probablemente tuvo alguno, pero en la intimidad de sus oraciones, en sus rezos, pero se los guardó para sí.
Las señales que el Padre le daba eran a través de su pueblo, tangibles, las veía, las sentía, le alegraban el espíritu. Estos alimentaban su fe. Conversiones, vocaciones, gozos. Porque como dice el apóstol de Tarso, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.
“…cuando como ayer que anduve allá por Dulce Nombre de María y me decían gentes humildes de los campos cómo escuchan esta palabra y les sirve de consuelo, de esperanza, de aliento, me venían ganas hasta de llorar y decir como Cristo: «Te doy gracias Padre porque ocultas estas cosas a los orgullosos y soberbios del mundo y las revelas a los pobrecitos»…” 09 Abril 78
(en Puebla, México) ¡Era maravilloso! Yo aquí quiero traducirles en felicitación a los queridos sacerdotes, a las comunidades religiosas y a los fieles en general, cómo nuestra Diócesis está dando un testimonio de nivel continental, mundial. 16 Febrero 1979
Me decía una religiosa en estos días: «¡Cómo se ven florecer vocaciones! Viera cuántas muchachas van buscando allá a ver si pueden ser religiosas». Lo mismo el Padre Segura en el Seminario ha sobrepasado sus esperanzas, y no le caben los muchachos que han despertado a la vocación. Y se están preparando allá en sus institutos, en su familia, para cuando llegue la hora de poder aceptarles. 22 Enero 1978
Y me alegro de decirles, queridos hermanos cristianos, que hoy, cuando es más peligroso ser sacerdote, es cuando estamos recibiendo más vocaciones en el seminario. Este año va a batir el récord, 27 jóvenes bachilleres están ya a las puertas del nuevo curso del Seminario, porque este reino de Dios que está en el mundo es un reino de Dios que a los nobles, a los jóvenes, verdaderamente les hace decir como aquel del evangelio: «Vayamos con Él y muramos con Él».
21 Enero 1979[25]
Es bonito encontrar gente, el otro día un padre me dijo que un señor andaba buscando confesarse -tenía cuarenta años de no confesarse- porque quería convertirse como había oído aquí en la Catedral 18 marzo 1979
Así pues, Dios le manifestó su complacencia, y monseñor lo entendió.
Su fe entonces, la vivió en la realidad que le tocó peregrinar. El Evangelio lo llevó a las calles que le tocó caminar. El Magisterio lo aplicó en los cuerpos y las almas que le tocó pastorear.
Su predicación no le hablaba solo a las almas y al espíritu, a la conciencia, sino que también se preocupaba por el cuerpo físico, del templo de Dios porque sabía que “todo lo que hicisteis con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicisteis” Mt 25, 40 y como le mandaba el Magisterio, “La gloria de Dios es que el hombre viva”[26]
LOS TRES AÑOS DE PREDICACION DE MONSEÑOR ROMERO
¿Y cuántos años predicó Jesús?
Toda la vida de Monseñor Romero fue de entrega a su Dios. Sin embargo, es reconocido por los últimos tres años, donde su aparición en la historia es súbita, densa y cargada de profetismo.
Fueron estos tres años, en contraste con los otros 60, los que, hicieron de monseñor un auténtico referente para el mundo. Por otra parte, todo conocedor de la vida de Jesús sabe perfectamente el tiempo que duro su ministerio terrenal. Es maravilloso recordar y detallar, entonces, que Jesús inicio su predicación a los 30 años y fue crucificado a los 33, es decir, lo soportaron tan solo tres años, luego le apresaron y le asesinaron.
Esta es una analogía más de monseñor con Jesús. Solo 3 años les aguantaron y después de eso les clavaron en la cruz. Se demuestra que las sociedades no resisten mucho tiempo las palabras que subvierten la maldad y la injusticia. Debe serse un revolucionario para verse señalado de muerte. Como Cristo, como monseñor Romero. El pastor baptista Martin Luther King Jr., lo comprende perfectamente y, desde la cárcel nos deja este hermoso testamento.
“…Pero, a pesar de que me desconcertó inicialmente el descrédito de “extremista”, conforme seguía pensando acerca del asunto, fue entrándome cierta satisfacción por la etiqueta que se me colgaba. ¿Acaso no fue Jesús, un extremista del amor?; «Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os maldicen; haced el bien a los que os odian y orad por los que abusan maliciosamente de vosotros y os persiguen» Así que el problema no estriba en si somos extremistas, sino en la clase de extremistas que seremos. ¿Llevaremos nuestro extremismo al servicio de la conservación de la injusticia o de la difusión de la justicia? En la dramática escena del Gólgota fueron crucificados tres hombres. Nunca hemos de olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo delito: el delito del “extremismo”. Dos de ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron más bajo que el mundo que les rodeaba. El otro, Jesucristo, era un extremista del amor, de la verdad y de la bondad, y por eso se elevó por encima del mundo que le rodeaba…”[27]
Pero… pensando con cabeza fría, y haciendo un esfuerzo por meternos en la cabeza de los que le odiaron, para tratar de comprender las razones de su resentimiento, antipatía y odio visceral, ¿qué era lo que decía monseñor para que sus enemigos le odiaran tanto? ¿Qué palabras pronunciaba para despertar tantos odios contra su persona? ¿Qué palabras podemos sacar de su predicación, que puedan ser capaces de despertar sentimientos de violencia hacia él? ¿Era su mensaje de violencia? ¿Verdaderamente hablaba monseñor de política? ¿Qué decía monseñor Romero que enloquecía a los ricos y poderosos? ¿Hablaba en verdad del Evangelio de Cristo? Es importante saberlo, leerlo, analizarlo y sacar nuestras conclusiones personales, para que así nadie nos engañe ni nos manipule. Vamos a leer a continuación, en la siguiente parte, algunas de las palabras de fuego de monseñor y descubriremos de cómo su palabra llevaba miel, amor, fidelidad y consuelo para el oprimido pero también llevaba aguijón, espada, fuego y veneno para el opresor. Solo leyendo su mensaje podremos descubrir el talante de cristiano que era este pastor. Solo leyendo sus palabras, vamos a llegar a comprender cómo fue capaz de unir la vida sencilla, cotidiana, con el Evangelio, aunque no se le comprendiera. De cómo fue capaz de bajar el Evangelio a su realidad cargada de violencia. ¿Cómo se predica el amor y la justicia ante un ambiente de violencia, terror y muerte? Monseñor nos lo enseña, y esto es lo que nos puede mover a pensar y a creer profundamente que algún día no solo será santo, sino Doctor de la Iglesia.
ROBERTO CAMPOS
SEPTIEMBRE DE 2014
En este quinto tomo, descubrimos una de las pocas terribles equivocaciones de monseñor Romero, el recuerdo permanente de su pueblo y que incluso las Naciones Unidas recuerdan su testimonio de vida. Podremos descubrir también de cómo se convirtió en la expresión explosiva de su pueblo, que hablaba por sus derechos, un hecho que le llevó a transformarse cada domingo de manera sorprendente, cuando la Eucaristía comenzaba, en un ser revestido con un poder que procedía de lo alto, algo que sus enemigos, eran incapaces de combatir. Las señales humanas que Dios puso al alcance de sus ojos, señales que le enseñaron el camino y una analogía más con el Maestro, sus tres años de predicación.
[1] Como ya se señaló atrás, esta es una entrevista que se ha puesto en duda. Particularmente, el biógrafo de monseñor Romero, Roberto Morozzo della Rocca, argumenta que esta entrevista nunca sucedió. Más adelante podremos contra argumentar la opinión de Morozzo.
[2] La palabra queda. Pág. 344
[3] Así titula Martin Maier su extraordinario libro, en el cual expone su pensamiento sobre este gran hombre de Dios. “Monseñor Romero. Maestro de espiritualidad”
[4] Piezas para un retrato, María López Vigil, testimonio de Carlos Cabarrús
[5] Asamblea General de las Naciones Unidas. Resolución aprobada por la Asamblea General el 21 de diciembre de 2010
[6] Carta encíclica Pacem in Terris, Juan XXIII, # 104
[7] Ave común de rapiña
[8] Carta encíclica Rerum Novarum, Deberes del Estado, Gobierno, gobernados.
[9] Arzobispo de Recife, Brasil (1964 – 1984)
[10] “Me ponían a todo mil”. Una expresión salvadoreña, que podría traducirse como “a mí me encantaban”, “a mí me emocionaban”. “a mí me motivaban”.
[11] “Vergonas” es una palabra salvadoreña entre soez y popular que quiere decir “excelentes”, “fascinantes”, “muy buenas”
[12] En muy salvadoreño decir “mis tanates” es como decir “mis pertenencias”
[13] “Chaineando” se traduce como “limpiando”, “sacando brillo”
[14] “Maje”, es una palabra despectiva o amigable, depende de la circunstancia, que se le da a una persona, específicamente a un hombre. “Ahí estaba el hombre” / “Ahí estaba el maje”, «Ese maje es mi gran amigo»
[15] O sea, “con tanta bomba”
[16] “No basta rezar”, de los Guaragoao
[17] “Yo, arrecho”, puede traducirse como “yo, que estoy en lo correcto” / “Yo, que tengo la razón”
[18] “Totoposte”. En esta frase en particular, el autor quiere decir que esa persona era alguien que era ajeno a lo que pasaba a su alrededor, que no le interesaba nada de lo que sucedía, que estaba petrificado, congelado.
[19] Piezas para un retrato, María Lopez Vigil
[20] “Cachimbear”, es como decir “Golpear”, “Lastimar”, claro que en este caso se habla metafóricamente.
[21] “Averiguata”, Averiguando / indagando
[22] Piezas para un retrato, María López Vigil
[23] Piezas para un retrato, María López Vigil, pág. 193
[24] Grandes cristianos de nuestro siglo. Christian Feldmann
[25] Frase de monseñor Romero expresada en la homilía de la misa de cuerpo presente del Padre Octavio Ortiz Luna, quien fuera asesinado junto con cuatro jóvenes de la pastoral mientras realizaban un retiro espiritual. El ejército entró con tanquetas, derribando el portón y disparando contra todos.
[26] San Ireneo de Lyon, Obispo y mártir
[27] Martin Luther King Jr, Pastor Bautista, Carta desde la cárcel de Birmingham, 16 de abril de 1963