X. Sucesos importantes

LOS SIGNOS DE SU SANTIDAD

DIVERSOS SUCESOS EN LA VIDA DE MONSEÑOR ROMERO, DIGNOS DE REFLEXION

Estos sucesos son importantes por la relevancia de cada caso. Es importante conocerlos, ya que forman parte de la historia en la vida de monseñor. Por otra parte, en ellos, también podemos ver la mano de Dios actuando, ya que cada acción que realizó monseñor Romero, se vio dirigida por la voluntad del Padre quien le indicaba la forma de proceder en cada caso específico. Estos hechos nos demuestran que, como dice Jon Sobrino, aunque tenía la historia en su contra, el Evangelio estaba a su favor [1] y para demostrar esto, podemos analizar el siguiente episodio.

MONSEÑOR ROMERO HUMILLA A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

Un suceso importante, humillante, valiente, gracioso, popular y evangélico

Importante. Porque fue un enfrentamiento directo entre el IV Arzobispo de San Salvador y uno de los Órganos del Estado, que, dado al volumen de los radio escuchas de las misas dominicales y sobre todo dado el despliegue publicitario que la Corte le dio, se convirtió en un enfrentamiento nacional. Medirían fuerzas y resolverían que uno de ellos no tenía en absoluto, la capacidad de enfrentarse al otro. Un hombre con el Evangelio del carpintero de Nazareth de su lado, contra el tercer poder del Estado, un cuerpo colegiado que manejaba la justicia de la patria.

Sucedió en el año de 1978.

El 30 de abril de 1978, monseñor Romero en su homilía dominical, expresó lo siguiente.

“…Por otra parte, hermanos, no podemos olvidar que un grupo de abogados lucha por una amnistía, y publica las razones que le han movido a pedir esta gracia a tantos que perecen en las cárceles. Estos abogados denuncian también anomalías en el procedimiento en la Cámara Primera de lo Penal, donde el juez no permite a los abogados entrar con sus defendidos; mientras se permite a la Guardia Nacional una presencia que atemoriza al reo, que muchas veces lleva las marcas evidentes de la tortura. Un juez que no denuncia las señales de la tortura sino que sigue dejándose influir por ellas en el ánimo de su reo, no es juez justo.

Yo pienso, hermanos, ante estas injusticias que se ven por aquí y por allá, hasta en la Primera Cámara y en muchos juzgados de pueblos, ¡ya no digamos jueces que se venden! ¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia? ¿Dónde está el papel trascendental de una democracia de este Poder que debía de estar por encima de todos los poderes y reclamar la justicia a todo aquel que lo atropella?. Yo creo que gran parte del malestar de nuestra Patria tiene allí su clave principal. En el Presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más entereza debería de exigir a las Cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esa palabra sacrosanta : LA JUSTICIA, que de verdad sean agentes de justicia…”

Monseñor Romero, como era su costumbre, de no denunciar en general, como palabras al viento, fue afinando poco a poco su manera de predicar. Como los profetas del antiguo testamento, como el profeta Natán que le dice de frente al Rey David “…Tu eres ese hombre malvado…” como Juan Bautista quien reprochaba en su propia cara al rey Herodes su adulterio, monseñor Romero fue tornándose más directo, más preciso, hace un señalamiento concreto. El tenía que proclamar una palabra específica para el pueblo salvadoreño, no hablaba para el pueblo asiático, ni para el pueblo francés, sino para el pueblo que pastoreaba, para eso había sido consagrado Arzobispo, para pastorear a esta porción de la grey universal, por lo cual, debía iluminar la realidad de su pueblo “… Queridos hermanos, que no vaya a ser falso el servicio de ustedes desde la palabra de Dios, que es muy fácil ser servidores de la palabra sin molestar al mundo, una palabra muy espiritualista, una palabra sin compromiso con la historia, una palabra que puede sonar en cualquier parte del mundo porque no es de ninguna parte del mundo; una palabra así no crea problemas, no origina conflictos… y monseñor lo tiene claro, que una palabra desencarnada de los problemas de su pueblo, sería una palabra cómoda, frívola, sin molestar el pecado, sin cuestionar al pecador. Monseñor sabe que el Evangelio es luz que ilumina, no luz que se oculta bajo la cama, el Evangelio es sal que sazona la realidad, monseñor prosigue…  Lo que origina los conflictos, las persecuciones, lo que marca la Iglesia auténtica es cuando la palabra quemante como la de los profetas, anuncia al pueblo y denuncia: las maravillas de Dios para que las crean y las adoren, y los pecados de los hombres que se oponen al reino de Dios para que lo arranquen de sus corazones…” 10 Dic 1977

Como salvadoreño y como pastor, exigía que la institución que debía impartir justicia, se tomara su trabajo en serio, que fuera digna de ser el ente que distribuía justicia en la patria y que velara para que no se dieran los atropellos e ilegalidades que comúnmente se daban en todos los juzgados salvadoreños.

Esta fotografía junto a estas letras, era una de las estampas cotidianas en El Salvador de las décadas de los setentas y ochentas. Los famosos “retenes”, donde detenían a los autobuses del transporte colectivo, bajaban a los hombres y los registraban. En algunas ocasiones los soldados ya no dejaban subirse a los que elegían, ya que estaban en la lista que andaban buscado, estaban en reclutamiento forzoso o simplemente porque les parecían sospechosos. Y en El Salvador, ser sospechoso, era igual que ser culpable. Al siguiente día aparecían sus cadáveres en cualquier parte del país.

Monseñor Romero exige justicia, pues sabe perfectamente que agradar a Dios, no es solamente orar ni ofrecer sacrificios, sino aplicar la recta justicia, pues eso es lo que agrada al Señor. Indudablemente, Monseñor Romero leyó muchas veces los reclamos de Yaveh en boca del profeta Isaías. “…«¿Por qué ayunamos a tú no lo ves, nos afligimos y tú no lo reconoces?». Porque ustedes, el mismo día en que ayunan, se ocupan de negocios y maltratan a su servidumbre. Ayunan para entregarse a pleitos y querellas y para golpear perversamente con el puño. No ayunen como en esos días, si quieren hacer oír su voz en las alturas, ¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso llamas ayuno y día aceptable al Señor? Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos;  compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: «¡Aquí estoy!». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía… tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan…” Is 58

Estas palabras, este texto, para los detractores de monseñor Romero, los que le acusan de agitador, revolucionario, guerrillero, bien puede ser sacado de un texto marxista y/o comunista, como consignas políticas. Por supuesto, desde su ignorancia de las Sagradas Escrituras, ignorarían su verdadera fuente. Los detractores de monseñor y del Evangelio, ignoran que son los profetas de Dios quienes acatando órdenes del Altísimo, se dirigen al pueblo de esa manera. Los profetas no tienen opción, deben “Obedecer a Dios antes que a los hombres” 23 marzo 1980, Hch 5, 29

Pero bueno, después de haberse sentido tocada, la Corte Suprema de Justicia, por su parte, se dio por aludida, se creyó digna de una oportunidad única y que en este caso, ella tendría la razón y que el arzobispo no tendría oportunidad alguna frente al cuerpo colegiado de esa institución estatal. Se dispuso a presentar combate. Se levantó desafiante, armó un ring, llamó a miles de espectadores, se montó en él, se puso los guantes, empezó a saltar, agitar sus brazos, mover su cabeza. Envió una invitación exclusiva al arzobispo de San Salvador para que se enfrentaran en una batalla sin cuartel, y como premio del vencedor, la credibilidad del vencido, de cara a la nación.

La Corte Suprema de Justicia envió la siguiente nota al arzobispado de San Salvador.

San Salvador 05 de mayo de 1978

Excelentísimo,

Monseñor Oscar Arnulfo Romero

Arzobispo de San Salvador

Con instrucciones especiales de la honorable Corte Suprema de Justicia, de la manera más respetuosa, ruego a su Excelencia, expresar los nombres de los “jueces venales” a que su digna persona se refirió en la homilía que pronunció durante la celebración de la misa del domingo 30 de Abril del corriente año, en la iglesia catedral metropolitana, transmitida por la Radiodifusora YSAX, a fin de proceder al enjuiciamiento de ley y deducir las responsabilidades correspondientes, si resultaren comprobadas sus aseveraciones.

Con especial consideración

Dr. Ernesto Vidal Rivera Guzmán

Secretario, Corte Suprema de Justicia

Es de hacer notar que la carta fue enviada, no solo al arzobispado, sino a todos los medios de comunicación, la cual apareció publicada el 08 de mayo. Como era una nota en la cual se emplazaba y se retaba al arzobispo, los medios de comunicación le dieron gran difusión. Recordemos que cualquier cosa que fuera en detrimento de la Iglesia y principalmente del arzobispo, los medios de comunicación, propiedad de la oligarquía salvadoreña, le darían gran realce, total respaldo y completa difusión.

“…hoy hay un afán en desprestigiar al Arzobispado…”                  09 Diciembre 1979

    Publicación en El Diario de Hoy                 Publicación en La Prensa Gráfica

Por otra parte, se comprobaba que la palabra de monseñor Romero, los domingos, no era, de ninguna manera “una voz que clamaba en el desierto”. ¡¡Le escuchaban!!

Pues bien, la Corte Suprema le “rogaba” respetuosamente que fuera aún más concreto, dando los nombres de los malos jueces, de los malos elementos del sistema de justicia que violaban las leyes salvadoreñas, para así, abrirles el proceso correspondiente, si es que las palabras fueran ciertas. La Corte lo retaba públicamente.

Monseñor Romero, ante semejante emplazamiento público, tenía tres caminos

  1. Denunciar los nombres de los jueces que se vendían
  2. Echarse para atrás, no metiéndose en ese enjambre de discusiones
  3. Guardar silencio. Dejar que el tema se apagara

Rápidamente, un grupo de abogados, entre ellos, el Lic. Roberto Cuéllar, un compañero de mil batallas de monseñor Romero, ofreció asesoramiento a monseñor Romero. Es importante señalar, que en este país, ha habido poca gente de egoístas sentimientos y mucha gente de solidarios sentimientos, lamentablemente los de egoístas sentimientos han tenido todo el poder político y económico, y los de solidarios sentimientos, no han tenido nada. Había gente profesional que lo único que tenia para esta patria era su honradez, su estudio y su buena voluntad. Entre ellos estaban estos abogados que en el afán de ayudar a monseñor Romero a salir de este complicado impase, le ofrecieron su ayuda. Monseñor Romero, obviamente no era un especialista en derecho penal, ni constitucional, ni mercantil, ni nada de eso. Solo era un pastor que con las Sagradas Escrituras en la mano, hablaban e iluminaban la realidad, por lo cual vio con buenos ojos este ofrecimiento. Monseñor aceptó el asesoramiento.

Mi mente vuela al imaginar una mesa larga con jóvenes, adultos y gente mayor, penalistas, constitucionalistas, con sus trajes, corbatas, zapatos bien lustrados, con sus libros de todo tamaño, de todo grosor, constituciones de la república, derechos penales, sus notas personales, sus apuntes de la homilía, su experiencia y en uno de los asientos, monseñor Romero, como el centro de ese esfuerzo. Todo este movimiento para darle el apoyo, para defender a quien defendía al pueblo. Paréceme la imagen de Pedro, que levantándose impulsivamente del suelo, saca un cuchillo hiriendo a Malco, al ver que, de noche, las turbas llegaban a tomar preso al Maestro.

Los abogados le explicaron lo que implicaban sus palabras. Analizaron los aspectos legales y judiciales. Le hicieron ver que en verdad se había metido en un terrible problema, que era como una enorme fosa séptica y se podría embadurnar de excremento, si no pensaba con muchísimo cuidado sus siguientes palabras a pronunciarlas en su próxima homilía.

El asunto era terriblemente complejo. Si denunciaba nombres concretos, debía demostrarlo. Si decía “fue Juan Pérez y Pedro López” los jueces que se vendieron, entonces debía probar que Juan y Pedro recibieron dinero, que los sobornaron, que se vendieron. Y solo lo puede probar el que soborna y el que es testigo, y sobornar y ser testigo es delito, el que soborna pues por ese hecho mismo y el que es testigo por no denunciar, o sea, se vuelve cómplice del soborno. De tal forma que sobornado, sobornador y testigo, era delito. Estaba complicado.

Si se echaba para atrás, diciendo que en verdad “no había querido decir eso” entonces quedaría en entredicho la palabra del arzobispo. Monseñor siempre decía que hablaba con la verdad, por lo cual sus detractores tendrían una supuesta prueba de que “no hablaba con la verdad” y de ahí, inundarían los periódicos con que, lo que había dicho era mentira y que se retractaba y como era una disputa que era seguida por toda la nación, su prestigio se vería seriamente afectado.

Si guardaba silencio, seguramente, iban a mandar otra carta diciendo que “estaban esperando los nombres” y los periódicos la iban a  publicar, seguramente, en primera plana que “El arzobispo no dice quienes son los jueces que se venden”.

Y efectivamente así fue. El 10 de mayo, dos días después, El Diario de Hoy insistía en que la Corte, “esperaba los nombres”, estaban convencidos, según ellos, de que esta vez, el arzobispo “caería” de cara a la nación.

En este artículo del 10 de mayo, uno de los magistrados dijo sobre la petición de la Corte Suprema de Justicia que “la petición pública que ha hecho la Corte a Monseñor Romero es muy buena, toda vez que el arzobispo tenga base para sostener una acusación tan grave como la que hizo… La Fiscalía tomará parte en este caso, citando a monseñor Romero para que revele los nombres de los jueces venales”[2]

Al final dirían que el arzobispo “calumnia”, pues “solo dice que hay jueces que se venden pero al ser emplazado, no dice nada”. Se lo acabarían, lo acusarían de charlatán, de mentiroso, de cobarde, lo acusarían de mil cosas. Si lo atacaban con calumnias, ofensas y mentiras, ¿Qué no hubieran hecho si descubren algo, que monseñor dijera, que aparentara ser una calumnia? Inmediatamente lo transformarían en “verdad”.

Después de analizar el asunto, discutirlo, dialogarlo, los abogados amigos le recomendaron la tercera opción, con la esperanza de que el tema simplemente muriera solo, que se diluyera y que no pasara a más. Para ellos era la salida más decorosa, más salomónica, para no verse envuelto en un “dime que te diré” en el cual su prestigio se vería ensuciado. Ciertamente, los abogados le daban la razón a monseñor Romero en sus palabras, porque lo que había dicho era lo que a diario pasaba en los juzgados salvadoreños, pero se volvía complicadísimo comprobarlo.

Este era un suceso nacional. El emplazamiento era hecho con mucha saña. Era una prueba a monseñor para llevarlo a una cancha donde podía cometer muchos errores. Ahí, en los cuartos oscuros de la legalidad, sería presa fácil de los que eran expertos en leyes y en todos los recovecos de las instancias de ese Órgano del Estado.

Lo que estos abogados amigos de monseñor no habían tomado en cuenta, era que había otro Ser que también le prestaba su ayuda (a monseñor) con quien conversaría después de esta reunión “legal”. Sucede que las opciones de monseñor Romero no eran tres caminos, sino en verdad, cuatro. Los abogados descubrieron, analizaron, sopesaron y discutieron esos tres caminos, de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de cerca, de lejos, pero monseñor Romero, en algún momento de esa situación, vislumbró uno más, es decir, su Dios le mostró un cuarto camino y monseñor se decidió por el cuarto. El cuarto era “pararse, mirarlos de frente, desenmascararlos y con su dedo acusador, señalarlos… y denunciar nuevamente a la Corte Suprema de Justicia”.

Esto fue lo que dijo monseñor Romero en la siguiente homilía del 14 de mayo de 1978.

“… ¿Quién me iba a decir que hoy en este Pentecostés de 1978 iba a funcionar como el huracán de Jerusalén atrayendo la atención de todo mi querido auditorio, precisamente la Corte Suprema de Justicia? Con su despliegue en la publicidad a toda la República ha hecho interesante este día de Pentecostés en la Catedral de San Salvador. Yo sé que es grande la expectativa, ¿qué va a decir el Arzobispo ante el emplazamiento de la Corte Suprema de Justicia?

…quiero decirles que la Suprema Corte ha sido hoy el signo de Dios para atraer la atención del pueblo, y que le está sirviendo como el huracán y las llamas de Pentecostés para ser interesante la noticia eterna que es la Iglesia…

El Secretario de la Corte Suprema de justicia me ruega «de la manera más respetuosa, expresar los nombres de los jueces venales» a que me referí en la citada homilía.

Agradezco, ante todo, y me alegra la oportunidad que la Corte Suprema de Justicia me ofrece para ampliar lo que dije en mi homilía pronunciada el 30 de abril del corriente año en la misa de la Catedral. Y lo agradezco y me alegro porque, al fin, después de tanto tiempo de estarse denunciando estas cosas, la Corte Suprema de justicia declara públicamente su intención de empezar a sanear lo que está malo en ese supremo poder tan trascendental para la paz de nuestra vida nacional…

…Que la respetuosa nota de la Secretaría de la Corte Suprema de justicia ha mutilado la palabra y deformado el espíritu de mi citado mensaje, pues intenta constreñirme a que «exprese los nombres de los jueces venales» a que entonces me referí, siendo así que yo no he usado textualmente ese término «venal» citado entre comillas. Y, si ciertamente mencioné en mi homilía «jueces que se venden», se trataba de un término meramente incidental en todo el contexto de mi mensaje que denunciaba irregularidades más generales que atañen a todo el sistema de la administración judicial. Poner un énfasis exclusivo en ese término accidental sin mencionar el contexto general que lo enmarca es un procedimiento ilógico e injusto, por no sospecharlo malicioso, pues con ello la Corte Suprema de Justicia da la impresión de que quiere ocultar, o distraer la opinión pública del punto central de mi mensaje que -repito- fue y sigue siendo denunciar un mal social enraizado en las instituciones y procedimientos que están bajo la responsabilidad de ese Honorable Tribunal…

…A la Corte Suprema de justicia toca -como institución que, en una auténtica democracia debe vigilar el cumplimiento de las leyes y denunciar el abuso de los demás poderes del Estado- «Proceder al enjuiciamiento de la ley y deducir responsabilidades correspondientes», como lo expresa con elocuencia la nota que de Ella tuve el honor de recibir.

…Pero, sin duda alguna de mucha mayor gravedad que los casos de venalidad, son aquellos otros que, sí demuestran un desprecio absoluto de la Honorable Corte Suprema de Justicia… Tenemos pues, que los derechos fundamentales del hombre salvadoreño son pisoteados día a día, sin que ninguna institución denuncie los atropellos, y proceda sincera y efectivamente a un saneamiento en los procedimientos.

…Cabe señalar, y esta situación ha sido para mí especialmente dolorosa, que hemos recibido a tantas madres y esposas de personas que se encuentran desaparecidas… Varias madres, esposas e hijos, que de extremo a extremo, en todo el territorio han recorrido el triste calvario de la búsqueda de aquel ser querido, sin encontrar absolutamente ninguna respuesta. Nos consta que existen cerca de ochenta familias con algún miembro que ha sido capturado, sin que hasta hoy hayan sido consignados a ningún tribunal.

Por supuesto que el texto en que se refiere a la Corte es más largo. Se presenta un resumen nada más, pero qué importante sería que el lector confronte esa homilía y lea el “tratado” que monseñor Romero hizo sobre los derechos humanos pisoteados por las instancias jurídicas de este país.

Monseñor Romero asaltó nuevamente a la Corte Suprema de Justicia, les dijo nuevamente que se vendían, que eran corruptos, que esas instituciones estaban llenas de irregularidades. Fue una embestida terrible, el “emplazado” se puso a “emplazar” al “emplazador”.

Para finalizar, monseñor Romero, le da el zarpazo final. La estocada mortal al corazón de la Corte Suprema.

 “…Esta denuncia que se inspira en un positivo «animus corrigendi» y no en un mal espíritu de maledicencia, creo un deber hacerla, en mi condición de Pastor del pueblo que sufre la injusticia. Me lo impone el Evangelio por el que estoy dispuesto a enfrentar el proceso y la cárcel aunque con ellos no se haga más que agregar otra injusticia…” La gente presente en esta Eucaristía, estalló en aplausos.

No solo les respondió con seguridad, sino que los denunció nuevamente y los retó (a la Corte) a enjuiciarlo. Monseñor Romero se subió al ring. Pero al subirse, el peso de la verdad que iba con él, aplastó totalmente el ring. Todo se vino abajo, la Corte Suprema cayó fulminada sin siquiera saber qué había pasado. El ring quedó hecho pedazos, los espectadores de primera fila, mal intencionados, salieron despavoridos. Los guantes rojos de la Corte se pulverizaron.

La verdad de la palabra del arzobispo y el Espíritu Divino que le empujaba, hicieron añicos al cuerpo colegiado de la Corte Suprema de Justicia.

La institución Estatal, YA NO RESPONDIO. Pasaron los días, las semanas y el asunto se fue muriendo poco a poco. La Corte, simplemente volvió la mirada hacia otro lado, no volvieron a tocar el tema, dejaron morir el caso.

Humillante. Porque la Corte Suprema de Justicia, el tercer poder del Estado, se creyó grande e intocable por algún poder de la tierra y dueña de la verdad, fue vencida frente a la nación por un hombrecito pequeño, de 60 años, que únicamente tenía en sus manos, las Sagradas Escrituras.

Valiente. Porque ese hombrecito tuvo el coraje de desenmascarar a nada más ni nada menos, que un Órgano del Estado, como principales violadores de los derechos humanos. Las instituciones que se supone, deben velar para que vivamos en una patria libre y justa, eran precisamente las que solapaban, permitían y encubrían estas faltas contra las personas que no tenían ningún poder y ninguna clase de influencias. Les desenmascaró y los restregó por el piso, barrió la patria con ellos. Eso hizo monseñor Romero con la Corte Suprema de Justicia.

Gracioso. Porque al final de todo, el consejo que muy amablemente, los abogados amigos dieron a monseñor Romero, lo tomó desesperadamente para sí y lo empleó, al pie de la letra, la Corte Suprema de Justicia, dejando morirse el caso, ignorándolo, escondiéndose, pues sabían que habían sido vencidos sin siquiera iniciar el primer asalto. Era preferible guardar silencio que verse envueltos en una discusión que jamás iban a poder ganar. Era preferible callar, que ser desenmascarados con tanto atropello a los ciudadanos, que se daba a granel en esos terribles años.

Popular. Porque fue un enfrentamiento de cara al pueblo. Fue el pueblo el espectador y el juez al mismo tiempo. Al final de la homilía en la cual monseñor Romero respondió a la Corte Suprema de Justicia, el pueblo le aplaudió… le aplaudió más de lo acostumbrado, pues sabía que el Obispo había desenmascarado la trampa y les dijo nuevamente en su cara que eran corruptos y violadores de los sagrados derechos humanos. El pueblo dio su veredicto. Hubo un vencedor, y este fue, el arzobispo de San Salvador, y de eso no quedó ninguna duda.

Evangélico. Estaba profetizado… porque “Cuando sean arrestados y los entreguen a los tribunales, no se preocupen por lo que van a decir, sino digan lo que se les inspire en ese momento; porque no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu Santo” Mc 13 11. Por supuesto. El Maestro ya lo había dicho. La sabiduría para hablar en estos casos tan delicados, procede de lo alto para “enaltecer a los humildes”. Monseñor se vio a punto de ser denunciado y de pisar la cárcel, pero salió con la frente en alto. La promesa del Maestro… se cumplió al pie de la letra.

Esta era una trampa de la Corte Suprema de Justicia para desprestigiar al arzobispo. Era una situación complicada, llena de artimañas, callejones sin salida, pasillos secretos, cosas intangibles, procesos misteriosos, dimensiones desconocidas, que monseñor Romero, ayudado e inspirado por el Espíritu Santo, pudo sortear con éxito. Su integridad salió intacta. Su temple se puso de manifiesto, su sabiduría provino de lo alto. Su pueblo quedó feliz de saberse dirigido por un pastor inspirado como ninguno.

Por otra parte, monseñor Romero respondió el domingo 14 de mayo, ni más ni menos, día de Pentecostés, cuando nace la Iglesia, cuando el Espíritu Santo se posa sobre los elegidos. Fue entonces un suceso Evangélico sin precedentes. La Corte Suprema, no tenía ninguna posibilidad de salir intacta. El Espíritu del Altísimo se había posado sobre su profeta y habló por él. Mal fecha eligió la Corte para desafiar al enviado de Dios.

El grupo de abogados amigos, que le habían recomendado el silencio, se quedaron perplejos ante la decisión de monseñor Romero de desenmascarar de nuevo a la Corte.

“…Lo tocó todo, ¡hizo un tratado! No sólo no se calló, sino que volvió a denunciarlos. Y no sólo porque hubiera jueces que se vendían sino porque no había rastro de justicia en el país. ¡Se dio gusto! Y terminó desafiando abiertamente a la Corte.

La gente lo aplaudía a rabiar.

-«Muchas gracias por esta rúbrica que han puesto a mi pobre palabra» – contestó a la interminable ovación. Y siguió la misa.

Nos quedamos como estatuas de sal, o de arena, en mitad de la playa…

-¡Ve, este viejo no nos hizo caso! Salió provocando él, exactamente lo contrario de lo que le dijimos.

Después de la sorpresa, se nos cayó el mundo encima, ya veíamos a Monseñor Romero acusado ante los tribunales ¡y ya estábamos organizando los expedientes para su defensa mundial! Sólo al final de la tarde nos metimos al mar. Estaba calmo, sin ningún huracán de Pentecostés.

-¡Mañana será el relajo!..” [3]

LA CARTA AL PRESIDENTE JIMMY CARTER

Monseñor Romero tuvo el atrevimiento de pedir directamente al Gobierno de los Estados Unidos de América, que se abstuviera de ayudar económica y militarmente al Gobierno salvadoreño.

Si. La historia nos enseña que el Gobierno salvadoreño y en consecuencia, los cuerpos represivos, la Fuerza Armada (FA), la Policía Nacional (PN), La Policía de Hacienda (PH) y la Guardia Nacional (GN) eran alimentados por una fuente inagotable de dólares y pertrechos de guerra. Fusiles, municiones, granadas, cohetes, morteros, ametralladoras, caramañolas, cananas, uniformes, botas, chalecos, cascos, guantes, vehículos terrestres, aviones, helicópteros, repuestos, herramientas, comida, bueno de todo, incluso con el pasar de los años, ya bien entrada la guerra, hasta asesores militares norteamericanos enviaron a entrenar a las fuerzas represivas. El gobierno norteamericano, con su paranoia de la guerra fría, no escatimaba esfuerzos para aplacar al pueblo organizado y ayudaba al gobierno salvadoreño con una fuente generosa de dinero. En tiempos de guerra se llegó a cuantificar una ayuda de $ 1,000,000.00 diarios, sí, UN MILLÓN DE DÓLARES DIARIOS[4], para combatir a la guerrilla, que en ese tiempo, ya estaba bien formada.

La ayuda que daba el gobierno norteamericano era determinante para seguir masacrando al pueblo. Con esta ayuda se reprimía con mayor eficacia y se perseguía con mayor precisión. Esto horrorizaba a monseñor Romero, por lo cual, como pastor, angustiado por los altos índices de violencia y de muerte, se decide a hacer un llamado directo al presidente de la nación del norte pidiéndole, suplicándole que no de esa ayuda al gobierno asesino que gobernaba. Monseñor Romero se dispuso a hacer una carta, la cual leyó en una de sus homilías, la del domingo 17 de Febrero de 1980.

…También con esto se ha evidenciado que el actual Gobierno carece de sustentación popular, sólo está basado en las Fuerzas Armadas y en el apoyo de algunas potencias extranjeras. Esta es otra responsabilidad grave de la Democracia Cristiana: que su presencia en el gobierno, junto a intereses políticos y económicos particulares, estén moviendo a países como Venezuela y Estados Unidos, a apoyar una alternativa que dice ser anti-oligárquica pero que de verdad es anti-popular…

Movido de esta inquietud es que me he atrevido a hacer una carta para el mismo Presidente Carter y que la voy a mandar después de que ustedes me digan su opinión. 

Señor Presidente:

En estos últimos días ha aparecido en la Prensa Nacional una noticia que me ha preocupado bastante: Según ella su gobierno está estudiando la posibilidad de apoyar y ayudar económica y militarmente a la Junta de Gobierno.

Por ser usted cristiano y por haber manifestado que quiere defender los Derechos Humanos me atrevo a exponer mi punto de vista pastoral sobre esta noticia y hacerle una petición concreta.

Me preocupa bastante la noticia de que el Gobierno de Estados Unidos esté estudiando la manera de favorecer la carrera armamentista de El Salvador enviando equipos militares y asesores para «entrenar a tres batallones salvadoreños en logística, comunicaciones e inteligencia». En caso de ser cierta esta información periodística, la contribución de su Gobierno en lugar de favorecer una mayor justicia y paz en El Salvador agudizará sin duda la injusticia y la represión en contra del pueblo organizado que muchas veces ha estado luchando porque se respeten sus derechos humanos más fundamentales.

La actual Junta de Gobierno y sobre todo las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad desgraciadamente no han demostrado su capacidad de resolver, en la práctica política y estructuralmente, los graves problemas nacionales. En general sólo han recurrido a la violencia represiva produciendo un saldo de muertos y heridos mucho mayor que los regímenes militares recién pasados cuya sistemática… violación a los derechos humanos fue denunciada por la misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La brutal forma como los cuerpos de seguridad recientemente desalojaron y asesinaron a ocupantes de la sede de la Democracia Cristiana a pesar de que la Junta de Gobierno y el Partido- parece ser -no autorizaron dicho operativo es una evidencia que la Junta y la Democracia Cristiana no gobiernan el país sino el poder político está en manos de militares sin escrúpulos que lo único que saben hacer es reprimir al pueblo y favorecer los intereses de la oligarquía salvadoreña…

Si es verdad que en noviembre pasado «un grupo de seis americanos estuvo en El Salvador (…) suministrando doscientos mil dólares en máscaras de gases y chalecos protectores e instruyendo sobre su manejo contra las manifestaciones» Ud. mismo debe estar informado, que es evidente que a partir de entonces los cuerpos de seguridad con mayor protección personal y eficacia han reprimido aún más violentamente al pueblo, utilizando armas mortales…

Por tanto, dado que como salvadoreño y Arzobispo de la Arquidiócesis de San Salvador tengo la obligación de velar porque reine la fe y la justicia en mi país, le pido que si en verdad quiere defender los derechos humanos:

– Prohíbase esta ayuda militar al Gobierno Salvadoreño.

– Garantice que su gobierno no intervenga directa o indirectamente con presiones militares, económicas, diplomáticas, etc.

Sería injusto y deplorable que por la intromisión de potencias extranjeras se frustrara el pueblo salvadoreño, se le reprimiera e impidiera decidir con autonomía sobre la trayectoria económica y política que debe seguir nuestra patria.

Supondría violar un derecho que los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla reconocimos públicamente -cuando dijimos- «La legítima autodeterminación de nuestros pueblos que les permita organizarse según su propio genio y la marcha de su historia y cooperar en un nuevo orden internacional…» (Puebla, 505).

Espero que sus sentimientos religiosos y su sensibilidad por la defensa de los derechos humanos lo moverán a aceptar mi petición evitando con ello un mayor derramamiento de sangre en este sufrido país…

Atentamente,

Oscar A. Romero (Arzobispo) 
 

17 de Feberro de 1980

Importante sería hacer un análisis de cada punto tocado en la carta por monseñor Romero, sin embargo, este artículo se nos haría bastante largo. Baste una revisión general del mismo.

El pastor que veía a sus ovejas maltratadas día a día y no podía quedarse callado al ver que ese pueblo al que le habían encomendado pastorear, fuera ultimado. “Tengo la obligación”, decía monseñor, “de velar porque reine la fe y la justicia”. Como pastor, el Señor no lo había mandado a solo ser “jefe” de su grey, sino a enseñarles la fe y a defenderla de la injusticia. El Obispo, es un servidor, que todos nuestros pastores comprendieran esto, nuestro mundo y nuestra Iglesia sería mejor. Monseñor quiso ir a la fuente de donde provenían los instrumentos para tanta violación a los derechos humanos, es por eso, que fijó su mirada en el Gobierno norteamericano

Esta carta, por cierto, despertó la incomodidad del Vaticano…

“…al día siguiente, en la noche, monseñor Romero supo que la Secretaria de Estado del Vaticano estaba bastante contrariada por su homilía y especialmente por su carta a Carter. Después de conversar con sus asesores, mando a un sacerdote a Roma para que explicara sus razones… dos días después, el encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos visito al arzobispo para tratar de explicarle la posición del Departamento de Estado. Aunque el presidente Carter aún no había recibido la carta, esta rápidamente, había atraído la atención internacional. El 14 de marzo Robert White le hizo llegar la respuesta  del Secretario de Estado Cyrus Vance…” [5]

La carta había alcanzado el eco a nivel internacional. El arzobispo de San Salvador, hacía una solicitud clara, concreta, específica, al Gobierno más poderoso del mundo. Monseñor recoge estas reacciones en su diario personal.

“… por la noche el padre Estrada y el padre Ellacuría, vinieron  a buscarme para comunicarme que la homilía del domingo recién pasado, ha causado revuelo en Roma, y que el padre general de los Jesuitas le comunicó al provincial de Centroamérica el comentario que se hace en la misma Secretaría de Estado. Esta misma noche hablarán con el padre Jerez que está en Panamá para que si es necesario vaya a Roma a explicar la situación y ver que las palabras de la homilía corresponden a las situaciones tan difíciles de El Salvador…” [6]

Es de observar que esta nota fue creada y enviada el 17 de Febrero de 1980, un mes antes del asesinato de monseñor. Es muy lógico pensar que habiendo hecho esta petición y haber sucedido lo que luego sucedió, es decir el asesinato de quien hacía esta petición, por respeto a su memoria, se respetaría su decisión. El mismo que pedía no enviar más ayuda militar al gobierno represivo y violador de los derechos humanos, caía abatido por un escuadrón de la muerte. Es muy sano, lógico, natural y racional que lo mínimo que se pudo haber hecho era darle la razón a la preocupación… pero no fue así. Aun con el asesinato de monseñor Romero, la ayuda siempre fue dada al gobierno salvadoreño. A los norteamericanos poco les importaba la vida y la sangre de los salvadoreños, siempre fueron, van, son y serán defensores de sus propios intereses.

EL SAGRARIO ACRIBILLADO

Las señales celestiales sobre si su ministerio estaba en el camino correcto eran palpables, pero también así las señales de la persecución, el odio y la maldad. Monseñor Romero tuvo la lucidez de ver en la persecución la fidelidad al Evangelio. Por si fuera poco, la vida humana en El Salvador era maltratada, pisoteada y violada. Para los cuerpos represivos nada era sagrado. ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Y cuando decimos !nada¡, en verdad queremos decir !nada¡. ¿A quién se le ocurre profanar un templo? ¿Atentar contra la vida de un sacerdote, de una religiosa o de un arzobispo?, pues a los mismos a quienes se les ocurrió profanar a Dios mismo.

Para nosotros los católicos, lo más sagrado, incluso que nuestra propia vida, es el sagrado Cuerpo de Jesús, en el Santísimo Sacramento del altar. Ahí está Dios en su inmensa majestad, en su inmensa bondad, en su inmensa caridad.

“…Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, levantó el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’…” Lc 22, 7-20

“La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua»[7]

“…En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente» el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero…»[8]

Por eso, con profundo respeto y devoción, cantamos delante del Santísimo sacramento del altar… ♪ En el Santo Sacramento adoremos la Divinidad el Señor a quien no vemos entre nosotros está nuestro rey y nuestro hermano adorémosle con humildad gloria al Padre gloria al Hijo y al Espíritu que es caridad con los ángeles un himno entone la humanidad nuestros ríos nuestros campos las montañas y el inmenso mar amén…

¿Quién en su sano juicio haría una ofensa al Santísimo? El padre de la mentira y el ignorante, aquel, cuyos valores son la maldad, el engaño, la muerte y el dolor. Si alguien la hace, es por total ignorancia o por odio total a la fe. Pues bien, hasta eso se hizo en esta cruel represión de la Iglesia salvadoreña. Es un hecho histórico, que en los años de la persecución, fue profanado el Santísimo Sacramento del Altar. Sí. Allá en Aguilares, esa parroquia que iluminó a El Salvador, al ser la primera en ser perseguida brutalmente. A las huestes del mal, a las tropas del terror, no les bastó asesinar al Padre Rutilio Grande, sino que incluso, hicieron de la iglesia un cuartel, y fueron más allá, siendo capaces de ametrallar el tabernáculo, el bendito sagrario, esparciendo el Santísimo Cuerpo de Cristo por el piso. Un sacrilegio terrible. ¿A quién no se le crispan los bellos del cuerpo ante semejante acto blasfemo? Es… es…. Inaudito, inaceptable, intolerable, digno de hijos del maligno. Un hecho que debe ser conocido por las generaciones, para que se sepa hasta los límites que fueron capaces de llegar y sobrepasar los enemigos de la Iglesia y de monseñor Romero.

Pero analizando el hecho con más calma, y reflexionando las palabras de San Pablo “…sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman” Rom 8, 28 resulta algo muy solidario. Jesús quiso asemejarse a su pueblo. Si el pueblo era ametrallado, El también correría la misma suerte. Él se hace igual a nosotros, excepto en el pecado.

¿Se imagina el lector, hacer semejante sacrilegio? Entrar con fusiles a una iglesia ametrallar las bancas, las imágenes de los santos, de la virgen, la sacristía, e incluso ¿Ametrallar el sagrario? ¿Esparcir las hostias consagradas en el piso? ¿Pisarlas como si fueran dulces o simples tomates? Inaudito. Espeluznante.

“…Se habían llevado a los 3 jesuitas y los habían expulsado del país, habían abierto a tiros el sagrario y desparramado las hostias sobre el piso, habían arrasado el pueblo, matando y llevándose prisioneros a rastras, para matarlos después…”[9]

Este texto anterior, corresponde a lo que sucedió en la parroquia de Aguilares durante un operativo militar, 3 meses después del asesinato del Padre Rutilio Grande.

Monseñor, después de ser informado de este hecho inaudito, fue a Aguilares a hacer el desagravio. Durante su homilía, al recuperar el templo, para dar consuelo al pueblo, decía:

“…A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres y todo eso que va dejando la persecución de la Iglesia…”                                    19 Junio 1977

“…Hoy, me toca venir a recoger esta Iglesia y este convento profanado, un Sagrario destruido y sobre todo un pueblo humillado, sacrificado indignamente…”  19 Junio 1977

Pero, como siempre, el pastor llama a perdonar a aquellos que tuvieron semejante atrevimiento.

 “…Pidamos la conversión de los que nos golpearon pidamos la conversión de los que tuvieron la audacia sacrílega de tocar el sagrario bendito. Pidamos al Señor el perdón, y de nuevo los arrepentimientos debidos de todos aquellos de quienes convirtieron un pueblo en una cárcel y en un lugar de tortura. Que el Señor les toque el corazón. Que antes de que se cumpla la sentencia tremenda: «el que a hierro mata a hierro muere», se arrepientan de veras y que tengan la satisfacción de mirar al que traspasaron. Y que llueva de allí un torrente de misericordia y de bondad, para que nos sintamos todos hermanos…”

19 Junio 1977

Una vez hecho el desagravio, procedió a restaurar el Santísimo para así hacer victorioso a Jesús Eucaristía.

“…Y esta es la palabra final que les digo en este mensaje, hermanos. Vamos a llevar esa palabra hecha carne, hecha hostia que se entrega por nosotros: La Eucaristía, la vamos a celebrar, nosotros sacerdotes que tenemos este poder misterioso que Dios nos ha dado. Vamos a convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor. Lo vamos a volver a colocar en el sagrario de donde lo despojaron unas manos sacrílegas y lo vamos a pasear sobre los corazones de Aguilares y de todos los que han venido en un sentido de solidaridad…”                         19 Junio 1977

ROBERTO CAMPOS

NOVIEMBRE DE 2014


[1]  Un Obispo con su pueblo. Jon Sobrino

[2] El diario de Hoy. Miércoles 10 de mayo de 1978.

[3] Piezas para un retrato, María López Vigil. Testimonio de Rubén Zamora.

[4] El Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador de las Naciones Unidas lo calcula en $ 1,369,863 Artículo de La Comisión de la Verdad para El Salvador, de Thomas Buergenthal, uno de los tres comisionados para dirigir la Comisión.

[5] La palabra queda. James Brockman. Pág. 320

[6] Su diario, 18 Febrero 1980

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, # 1,324

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, # 1,374

[9] La Palabra queda, Pág. 89

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