
Ernesto, nació en cabañas, El Salvador, ingresó a sus doce años al seminario de San Vicente, prosiguió sus estudios en el seminario de Santiago de María y luego en san José de la montaña en San Salvador, para luego trasladarse a Colombia, en el oratorio de San Felipe Neri, fue ordenado sacerdote en 1972.
Ya de regreso en El Salvador, fue párroco de San Benito, en la opulenta colonia de la capital salvadoreña, donde trabajó por los necesitados, en los años convulsos de la inminente guerra que se viviría.
La persecución a la Iglesia estaba en apogeo. Secuestros, coches bombas, torturas eran el pan de cada día, Rutilio Grande, Alfonso Navarro, Ernesto Barrera, ya habían sido víctimas de la locura de la violencia. El padre ábrego, sin embargo, siguió trabajando de acuerdo al evangelio. Incluso se asesinó a un arzobispo, demostrando que en este país, nada era sagrado. La casa parroquial y su vehículo, fueron ametrallados, como muestra de que estaba en la mira de los escuadrones de la muerte.
El 23 de noviembre de 1980, el padre Abrego, junto con su hermano Guillermo, entraban al país, procedentes de Guatemala, pero no llegaron a su destino en El Salvador. Ya las huestes de la muerte estaban informadas de su regreso y le preparaban un “recibimiento”.
En esos tiempos tan complicados, donde los que desaparecían era una grave señal de muerte, la familia se horrorizaba. Al saber de su desaparición, otro hermano suyo, Luis Ábrego, en compañía del doctor Jaime Antonio Bolaños, salen de Guatemala para enterarse de qué había pasado. También ellos desaparecieron, hasta que todos sus cadáveres fueron encontrados el 02 de diciembre de ese mismo año, en el cementerio de Juayúa, Sonsonate.
El señor Carlos Ábrego, hermano de los asesinados, vino de Guatemala, a buscar a ambos, pero también fue blanco de los escuadrones de la muerte y también fue asesinado.
Cuatro hermanos, un sacerdote, todo por los valores del evangelio.
Prohibido olvidar.
La Iglesia católica, la única Iglesia de Cristo.