
16 de noviembre de 1989
El padre Segundo Montes nació en Valladolid, España, el 15 de mayo de 1933. Tocado por Jesucristo, en 1950, el padre Montes ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús de Orduña en España. Solo hizo el primer año, pues el segundo (1951) lo hizo ya en el noviciado de Santa Tecla. En 1952, terminado el noviciado y siguiendo los pasos de otros estudiantes jesuitas centroamericanos fue enviado a Quito, Ecuador, para estudiar humanidades en la Universidad Católica. En 1954, comenzó los estudios de filosofía, licenciándose en 1957. Luego de esto, volvió a San Salvador para enseñar en el Colegio Externado durante tres años. En 1960 inició la teología. Comenzó en Oña, donde estuvo un año, los tres años restantes los hizo en Innsbruck (Austria). El 25 de julio de 1963 fue ordenado sacerdote ahí mismo. De regresó en San Salvador, fue enviado al Colegio Externado, donde hizo profesión solemne en la Compañía de Jesús, el 2 de febrero de 1968. Dos años más tarde, adoptó la nacionalidad salvadoreña, siendo uno de los primeros jesuitas en hacerlo. Después, estuvo dos años en Madrid, haciendo estudios de doctorado, en la Universidad Complutense, donde se graduó en 1978.
El trabajo del padre Montes
Dio clases de sociología en la UCA. A partir de 1980 fue jefe del Departamento de Sociología. Asimismo, fue jefe de redacción de ECA, entre 1978 y 1982. Durante muchos años fue responsable de la «Crónica del mes» de la revista. Fue miembro del consejo de redacción y colaborador del Boletín de Ciencias Económicas y Sociales y de la Revista Realidad Económico Social.
Siempre atento a la justicia social que demanda el evangelio, en 1985 fundó el Instituto de Derechos Humanos (IDHUCA) y lo dirigió hasta su asesinato.
Pero como entendido en situaciones sociales y coyunturales, le dedicó tiempo al estudio de los problemas sociales del país que le tocó vivir. La guerra había desplazado a miles de personas, campesinos, desde sus lugares de origen y vivían penosas situaciones de sobrevivencia. En 1984, las dificultades, el desafío y el ejemplo de algunas dentro y fuera del país, por causa de la guerra, despertaron un interés particular en él. Desde entonces Segundo Montes fue el investigador y el analista más importante del fenómeno de los desplazados, los refugiados y también los emigrantes. ¿Acaso no pide esto el Maestro? “Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” Mt 25
Visitó comunidades y refugios tanto en El Salvador como en Honduras. Durante las visitas, no se trataba solo de ir a verlos de cómo estaban, sino que aportaba lo que sabía. Asesoraba a los dirigentes sobre proyectos de desarrollo, para hacer más llevadera su penosa situación de refugiados. En Estados Unidos, su reputación como experto en la materia creció, el Congresista Joe Moakley se interesó mucho en su trabajo. Se esforzaba por entender mejor la realidad social salvadoreña, lo cual lo llevó a estudiar la estratificación social, el patrón de la tenencia de la tierra y los militares. Esta información le hacía comprender más y más el complejo problema social salvadoreño. Publicó el hallazgo de todos estos estudios. En 1988, Montes estimó que un millón de salvadoreños residía en Estados Unidos, quienes enviaban a El Salvador 1.3 mil millones de dólares anuales, equivalentes a la ayuda de Estados Unidos al país más el valor de todas sus exportaciones y a casi el doble del presupuesto nacional. Los campesinos maltratados habían cambiado las balas y las bombas de El Salvador por una vida en campamentos, que prometían poco. Sin embargo, en pocos años, estas comunidades experimentaron una transformación profunda. Dieron un salto cualitativo al pasar «del individualismo a la solidaridad comunitaria, del analfabetismo a niveles envidiables de educación, a la cría técnica de animales y al manejo de máquinas complicadas, la producción de arte y artesanías, a la capacitación médica, sanitaria, docente y de servicio».
Esto percibió el padre Montes después de la visita que hizo a Colomoncagua, Honduras, a comienzos de 1989. En estas comunidades, forjadas por las adversidades de la guerra, Montes encontró esperanza y solidaridad. Fue tanta su entrega por estas comunidades que una de ellas, adoptó su nombre, en un intento por perpetuar su memoria, después de su asesinato.

Con todo este trabajo de investigación, podría decirse que el padre Montes estaba saturado de trabajo y lo estaba, pero también tenía otro frente que atender. Desde principios de la década de los ochenta, Segundo Montes dedicó una parte de sus fines de semana a atender ministerialmente parroquias suburbanas sin sacerdote. Su ministerio sacerdotal iba de la mano con su trabajo social. Desde 1984 fue párroco la parroquia de Cristo Resucitado, en la colonia Quezaltepec, Santa Tecla. Compartía con su feligresía sus experiencias con los desplazados y los refugiados, así como sus viajes, entrevistas y conferencias. Era un cúmulo de datos andante. En una de sus últimas homilías, les relató con todo detalle el régimen comunitario establecido por los refugiados, en los campamentos de Honduras. En 1989, año de su asesinato, el templo parroquial estaba a medio construir. La colonia no tenía templo, pero él se empeñó en construir uno para lo cual contaba con la colaboración de la feligresía y con sus relaciones familiares e internacionales. En El Salvador, la gente da su dinero y si no lo tiene, da su tiempo para levantar la Iglesia.
Con tanto conocimiento, no era extraño que diera sus puntos de vista y sus sugerencias y recomendaciones para detener la espiral de desplazados, de violencia y de violaciones a los derechos humanos que se daba en El Salvador, esto lo colocó en el radar de los escuadrones de la muerte. Preocupado por los campos pagados del ejército, aparecidos en la prensa nacional, donde lo atacaban junto con Ellacuría y Martín-Baró, Montes se puso en contacto con sus amigos en la Fuerza Armada. Un coronel lo invitó a casa y durante la cena le confirmó que en la Fuerza Armada había «fuertes intereses» en contra de los jesuitas de la UCA y le advirtió tener cuidado. Esa no era ninguna novedad, se sabía que estaban amenazados, pero no eran voces inconformes o esparcidas las que los amenazaban, sino que había un plan para eliminar a la dirección de la UCA. El padre Montes al reconocer que estas amenazas no eran ninguna broma, dijo «¿qué voy a hacer? Si me matan, me matan«.
Les acusaban de dirigir al FMLN, de servirle de fachada, etc. Aparte de ser compañero de comunidad del padre Ellacuría y Martín-Baró, también fue compañero acusado junto a ellos y sería por último, compañero de martirio.
La Iglesia católica, la única Iglesia de Cristo, noviembre de 2019

















